El testigo de la vida

De verdad creo que en una vida corriente como la mía los momentos de felicidad con mayúsculas son pocos. Sobre las grandes tristezas no sabría qué decir; supongo que depende del umbral del dolor, o de la ración de mala suerte que la vida depara. a cada cual.

¿Qué sucede si alegría y dolor se producen al mismo tiempo? La llegada de Inés coincidió con la marcha de mi padre. Cuando nació, la vida del abuelo se apagaba; el día en que murió ella no había cumplido cinco meses.

Las emociones de aquella época, hace casi un año, resultan difíciles de describir, pero en una mirada retrospectiva me sorprende que fueran menos intensas de lo que cabría esperar. No fue un viaje caótico entre la felicidad que desata el nacimiento de un hijo y el dolor por la dura agonía de un padre. En ambos casos se dice que hay que vivirlo para saberlo, pero que la cosa, para bien y para mal, siempre va más allá de lo que uno espera. Yo no lo viví así. Creo, y me apena decirlo, que algo en mi cabeza anestesió parcialmente todos los sentimientos excepto la culpabilidad. Por no querer a mi hija todo lo que cabía esperar, por no dedicarle a mi padre el tiempo que merecía, por temer que se me cortara la leche a causa de los disgustos, por huir al hospital entre toma y toma, por marchar corriendo a casa mientras mi padre sufría.

Sobra decir que hubiera querido gozar sin lastres el milagro de la llegada de Inés, pero también no haber vivido el duelo que mi padre merecía. Sé que en algún lugar se esconde parte del dolor por su muerte, y que él lo entendió. Lamento que ambos no pudieran conocerse, y que sus trayectorias apenas coincidieran unos días. Sé que mi padre lo sabía, y que por eso sonreía cuando en los pocos ratos que pasaron juntos agarraba la mano de su nieta con las pocas fuerzas que le quedaban, como si le cediera el testigo de la vida. inés y papá

 

 

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Pequeñas oportunidades

Hoy me acuerdo de alguien a quien conocí en uno de mis primeros trabajos. Don Luis colaboraba en una emisora local que por aquellos tiempos era una pequeña familia. Murió con poco más de setenta años, edad que entonces me pareció avanzada y hoy me resulta casi precoz, pero no creo que don Luis dejara muchas cosas por hacer, o al menos así lo parecía por su voz cascada y las profundas arrugas de su cara.

Su conversación era una sucesión de sentencias y enseñanzas sobre la vida, a las que su hablar profundo convertía en dogmas de fe. Enemigo confeso del agua, reconocía no haberla probado en los últimos cuarenta años, y su expresión variaba entre incrédula y preocupada cuando veía a alguien beberla ‘en crudo’. No tomé en serio esa receta, pero sí cuando una vez me advirtió de la necesidad de disfrutar de los pequeños momentos felices. Cenábamos un grupo de amigos, poco antes de Navidad, y por un momento sentí un tremendo bienestar. Lo expresé en voz alta, casi con extrañeza, y él comentó algo que hoy me suena a obviedad pero entonces supuso una enorme revelación. La vida nos regala tres, con suerte cuatro ocasiones de extrema felicidad, y el resto consiste en disfrutar al máximo las pequeñas oportunidades de cada día.

A día de hoy creo haber vivido alguno de esos grandes hitos. Veremos si el futuro me reserva nuevas sorpresas. Inés es el más evidente, pero la mayor emoción no llegó con su nacimiento. A veces las historias se complican más de lo esperado.

 

Gris

Dicen en la peluquería que en el último año ha aumentado espectacularmente mi número de canas. Y no sólo eso, -pienso entre mí-, tengo la piel del cuello y los ojos como un acordeón. Esto me lo callo, con la esperanza de que no se den cuenta, pero sí comento que la maternidad ha devorado la poca juventud que me quedaba, y parece que nadie se atreve con una mentira piadosa para consolarme.
Es curioso. Cuanto más rápido pasa el tiempo más profundas son sus huellas. Esta es mi conclusión mientras contemplo la posibilidad de dejar de teñirme el pelo. La peluquera me invita a recapacitar: las canas envejecen, advierte, y requieren muchos cuidados para que su tono gris luzca bonito. Descarto la posibilidad y elijo un color un poco más oscuro del habitual: el riesgo de parecer la abuela de Inés en lugar de su madre me produce terror.
La edad me sigue preocupando, más de lo que reconozco. Todo empezó hace más de veinte años, cuando con veintiuno Jorge y yo reparamos en que ya no éramos ‘tan jóvenes’. Inés tampoco lo es ya. Hoy sopla su primera vela, pero antes lo hemos celebrado con un par de vacunas. En la entrada del ambulatorio, coincidimos con un compañero de trabajo y su novia, que salen de la clase de preparación al parto. Su hija nacerá dentro de un mes y en la sonrisa de ambos brilla la ilusión como un letrero luminoso. Me embarga una gran ternura y entiendo lo que sienten. Más que eso, por un momento retrocedo en el tiempo y quiero revivirlo, una y mil veces. Les deseo suerte y entramos, casi llegamos tarde a la consulta de pediatría.

23, 24, 25

Inés cumple un año dentro de tres días, y algunas veces todavía no acabo de creerme que existe de verdad, que ese pequeño ser que cada día desbarata nuestra casa llegó para quedarse, a las 23 horas, 24 minutos, del 25 de septiembre pasado.
Sospecho que mi sentimiento no es nuevo, mucho menos original. Lo confirmo poco después, a la salida del colegio, el primer día de clase por la tarde. Me encuentro a una conocida volviendo a casa con sus tres críos; el pequeño algo mayor que Inés. Se sorprende de lo grande que está, tanto como yo de ver al pequeño Sancho, enorme a sus catorce meses. Comenta que este año ha transcurrido sin enterarse, quizá porque con tres enanos no le queda un minuto libre, y menos para filosofar sobre el paso del tiempo. Aseguro que yo tampoco me lo creo, y por una vez el tópico es absolutamente cierto.
Volvemos a casa y el último año se representa como una sucesión de pequeñas pruebas diarias con la noche como meta final: Inés dormida, misión cumplida, hasta mañana. Me pregunto si de verdad exprimo la felicidad irrepetible de cada risa y cada abrazo, o me he dejado vencer por la velocidad irrefrenable del tiempo.