23, 24, 25

Inés cumple un año dentro de tres días, y algunas veces todavía no acabo de creerme que existe de verdad, que ese pequeño ser que cada día desbarata nuestra casa llegó para quedarse, a las 23 horas, 24 minutos, del 25 de septiembre pasado.
Sospecho que mi sentimiento no es nuevo, mucho menos original. Lo confirmo poco después, a la salida del colegio, el primer día de clase por la tarde. Me encuentro a una conocida volviendo a casa con sus tres críos; el pequeño algo mayor que Inés. Se sorprende de lo grande que está, tanto como yo de ver al pequeño Sancho, enorme a sus catorce meses. Comenta que este año ha transcurrido sin enterarse, quizá porque con tres enanos no le queda un minuto libre, y menos para filosofar sobre el paso del tiempo. Aseguro que yo tampoco me lo creo, y por una vez el tópico es absolutamente cierto.
Volvemos a casa y el último año se representa como una sucesión de pequeñas pruebas diarias con la noche como meta final: Inés dormida, misión cumplida, hasta mañana. Me pregunto si de verdad exprimo la felicidad irrepetible de cada risa y cada abrazo, o me he dejado vencer por la velocidad irrefrenable del tiempo.

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