Gris

Dicen en la peluquería que en el último año ha aumentado espectacularmente mi número de canas. Y no sólo eso, -pienso entre mí-, tengo la piel del cuello y los ojos como un acordeón. Esto me lo callo, con la esperanza de que no se den cuenta, pero sí comento que la maternidad ha devorado la poca juventud que me quedaba, y parece que nadie se atreve con una mentira piadosa para consolarme.
Es curioso. Cuanto más rápido pasa el tiempo más profundas son sus huellas. Esta es mi conclusión mientras contemplo la posibilidad de dejar de teñirme el pelo. La peluquera me invita a recapacitar: las canas envejecen, advierte, y requieren muchos cuidados para que su tono gris luzca bonito. Descarto la posibilidad y elijo un color un poco más oscuro del habitual: el riesgo de parecer la abuela de Inés en lugar de su madre me produce terror.
La edad me sigue preocupando, más de lo que reconozco. Todo empezó hace más de veinte años, cuando con veintiuno Jorge y yo reparamos en que ya no éramos ‘tan jóvenes’. Inés tampoco lo es ya. Hoy sopla su primera vela, pero antes lo hemos celebrado con un par de vacunas. En la entrada del ambulatorio, coincidimos con un compañero de trabajo y su novia, que salen de la clase de preparación al parto. Su hija nacerá dentro de un mes y en la sonrisa de ambos brilla la ilusión como un letrero luminoso. Me embarga una gran ternura y entiendo lo que sienten. Más que eso, por un momento retrocedo en el tiempo y quiero revivirlo, una y mil veces. Les deseo suerte y entramos, casi llegamos tarde a la consulta de pediatría.

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