Pequeñas oportunidades

Hoy me acuerdo de alguien a quien conocí en uno de mis primeros trabajos. Don Luis colaboraba en una emisora local que por aquellos tiempos era una pequeña familia. Murió con poco más de setenta años, edad que entonces me pareció avanzada y hoy me resulta casi precoz, pero no creo que don Luis dejara muchas cosas por hacer, o al menos así lo parecía por su voz cascada y las profundas arrugas de su cara.

Su conversación era una sucesión de sentencias y enseñanzas sobre la vida, a las que su hablar profundo convertía en dogmas de fe. Enemigo confeso del agua, reconocía no haberla probado en los últimos cuarenta años, y su expresión variaba entre incrédula y preocupada cuando veía a alguien beberla ‘en crudo’. No tomé en serio esa receta, pero sí cuando una vez me advirtió de la necesidad de disfrutar de los pequeños momentos felices. Cenábamos un grupo de amigos, poco antes de Navidad, y por un momento sentí un tremendo bienestar. Lo expresé en voz alta, casi con extrañeza, y él comentó algo que hoy me suena a obviedad pero entonces supuso una enorme revelación. La vida nos regala tres, con suerte cuatro ocasiones de extrema felicidad, y el resto consiste en disfrutar al máximo las pequeñas oportunidades de cada día.

A día de hoy creo haber vivido alguno de esos grandes hitos. Veremos si el futuro me reserva nuevas sorpresas. Inés es el más evidente, pero la mayor emoción no llegó con su nacimiento. A veces las historias se complican más de lo esperado.

 

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