Desaparecer

Ya no puedo decir que nunca lo he pensado.

La noche pasada fui de los que, por un momento, sólo por un segundo, o dos, han deseado tirar a sus hijos por la ventana.

Inés ha dormido estupendamente desde que nació. Esta afirmación no se apoya en datos objetivos, no he sufrido noches en compañía de más hijos que ella, pero supongo que así será, cuando en más de un año no tuve ni un mal pensamiento hacia ella.

Y eso que no soy paciente, o no lo era. Creo que la maternidad, más que sentimientos generosos y altruistas, lo que desarrolla sin límites es la capacidad de aguante, y siempre se puede llegar un poco más lejos. Anoche Inés no podía dormir, o quizá dormía a medias. Hemos probado sin resultado posturas, movimientos, canciones y estrategias. Al final, no sé a qué hora, hemos caído las dos por agotamiento.

Los nervios me han superado, su padre ha amenazadado por primera vez con irse a dormir ‘nosedónde’; me he enfadado; he deseado, yo también, desaparecer en ese lugar impreciso y salvador.

Ya de día, me he arrepentido de mis malos pensamientos, he prometido ser más paciente, he creído de verdad que tengo muchísima suerte y que existen miles de casos durísmos de noches en vela y días de sueño. Lo gracioso es que, por difícil que sea la cosa, hay que estar agradecido a la vida porque siempre podría ser peor. Al menos hasta la próxima noche.

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