La verdad sobre perros y gatos

Dice una buena amiga con gran autoridad que perros no paren gatos. Me gusta el refrán, por una vez corto y contundente, pero discrepo cuando sorprendo al pequeño Bruno mirando con asco el plato de ensalada. La misma suspicacia me provoca saber que tanto él como su hermano Nicolás sienten una pasión innata por su pueblo y por la Selección Española de fútbol. Igualito que su madre, qué casualidad.

Pienso sobre esto y reparo en que Inés pronuncia, con poco más de un año, gran cantidad de sonidos. Como todo es relativo, no sabría decir si más o menos que otros niños de su edad, pero sospecho, llamémoslo intuición materna, que anda por encima de la media.

Como no todo es perfecto, y menos mal, constato que aunque se mueve a toda velocidad a cuatro patas, parece todavía lejano el pequeño y poderoso paso que la convertirá en un ser bípedo. La misma intución anterior concluye, en voz baja esta vez, que hay humanos bastante más hábiles a la hora de andar.

Curiosamente, o no, conmigo sucedió algo parecido. Mi madre, cuya memoria falla en otras cosas, reconoce sin dudar que no anduve hasta los catorce meses, pero siempre apostilla, supongo que por compensar, que a los dos años era capaz de hablar con total corrección. Inés parece llevar el mismo paso, nunca mejor dicho, y me pregunto si se debe al poder de los genes o a que, juro que sin querer, potencio en ella sólo lo que a mí me interesa, esas habilidades en las que yo me siento cómoda.

Prometo reflexionar sobre la influencia que se ejerce sin querer y no se ve, pero se nota, y perpetúa las estirpes de perros y gatos sin limar sus defectos, más bien al contrario. También me propongo no volver a comparar. Hacerlo es odioso, especialmente entre amantes o niños, pero que tire la primera piedra quien no ha caído en el pecado, aunque sea sin hablar. Casi siempre, y otra vez menos mal, resulta imposible asegurar que uno es mejor que otro en términos absolutos. Todos tienen su magia, algo que los hace únicos y maravillosos. Y aquí  hablo solo de los niños; lo de los amantes es otra historia.

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