Rasgos atávicos

Ya he contado aquí que Inés tiene los ojos azules. El detalle carece de interés, pero es lo que más sorprende a los que la ven, que suelen terminar pidiendo explicaciones. En la familia más cercana predomina el marrón en sus distintas tonalidades y hay que remontarse a los bisabuelos de la criatura para hallar precedentes. No conocí al abuelo Dionisio, del que apenas sé nada aparte de que tenía ojos claros y fuerte carácter. Esto último parece haberlo heredado gran parte de sus hijos; el color de sus ojos, hasta ahora, solamente su tercer vástago, casualmente llamado como él y un año mayor que mi padre.

En la familia paterna sucede algo parecido. También el bisabuelo Antonio tenía unos ojos azules clarísimos que apenas han aparecido en las generaciones posteriores. Desconozco si tenía buen carácter, si fue feliz en su vida. Todo eso pertenece a un pasado casi imposible de recuperar.

No es raro que caracteres físicos de una persona reaparezcan varias generaciones después. Los llaman rasgos atávicos, y además de cómo suena la palabra me gusta la idea de que contengamos sin saberlo la esencia de personas que tuvieron su tiempo en el mundo, vidas más o menos felices con sus errores y aciertos. No llegaremos a conocer la mayoría de sus avatares, y en algunos casos será mejor así.

Me pregunto si, igual que de vez en cuando reaparecen por sorpresa los ojos del bisabuelo, regresan de algún modo las acciones de nuestros antepasados. Si nuestras vidas y lo que sucede con ellas son resultado de existencias anteriores igual que nuestra cara resume de forma más o menos acertada la de los que nos precedieron.

Veo en el informativo que ha reaparecido parte de un retablo del siglo XV procedente del pueblo de mi madre. Durante casi ochenta años se creyó que fue quemado por los anarquistas. Me asalta un extraño alivio: mi abuelo materno fue uno de esos anarquistas a los que se atribuyeron este y otros delitos mucho más graves. El tiempo demuestra ahora que el retablo no fue pasto de las llamas en 1936. Me gustaría creer que tampoco ocurrieron otras cosas que algunos todavía recuerdan. Nunca podré preguntarle al abuelo Santiago si tuvo algo que ver en que esa obra de arte sobreviviera para que hoy la contemplen los ojos azules de su bisnieta.

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