Mea culpa

Me gustaría saber si alguien se plantea de verdad una lista de propósitos para el año nuevo, o es otra de las mentiras de las películas que al final nos acabamos creyendo. Habrá quien diga que sí, pero por más que hago memoria yo sólo puedo recordar papeles quemados con cosas, o personas, de las que apetecía liberarse en una nueva etapa tan esperanzadora como ficticia.

Como es época de inventarios, el otro día me dio por pensar en las cosas que hago y pienso y en otro tiempo juré que ‘nunca jamás’. La lista es más larga de lo que me gustaría, pero reconocerlo abiertamente me hace sentir liberada; será por el principio cristiano grabado a fuego de que admitir el pecado es el primer paso hacia la redención.

pañales lavables

Algunas de esas cosas (hay más, pero me da cierto apuro decirlas) son éstas:

  1. Dar el pecho después de los seis meses, por no decir cuando el bebé tiene más de un año (¡Menudo asco, si el niño ya corre y tiene dientes! 🙂
  2. Usar pañales lavables (un atraso y una vuelta innecesaria al pasado)
  3. Plantearme seriamente la opción de dejarlo todo para cuidar a mi hija y decidirme a sacar adelante algún proyecto aparcado por falta de tiempo. (El trabajo remunerado es imprescindible para ‘realizarse’)
  4. Reconocer como cierto el viejo tópico de que para saber lo que se siente al tener un hijo o al perder a un padre tienes que vivirlo.
  5. Compartir escritos en los que hablo de mis sentimientos. (es exhibicionista y además a nadie le interesa).

Así que, aparte de intentar hacer el bien y seguir cultivando mi escasa paciencia, mi propósito principal para 2015 es no juzgar, evitar las sentencias categóricas y sobre todo los ‘jamás’ en cuestiones que en ocasiones ni siquiera conozco. La vida a veces te hace morder el polvo, y siempre hay cerca alguien con memoria histórica para hacerte agachar las orejas.

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Miedo escénico

Que el gran Joaquín Sabina también sufra miedo escénico me provoca una mezcla de incredulidad y alivio. Tranquiliza que superara rápidamente el bache con un concierto impecable pocos días después, pero también constatar que el trabajo de toda una vida no libra de que en cualquier momento algo pueda fallar. Viéndolo en positivo, no está mal ese punto de intriga, sobre todo si (no parece el caso de Sabina) el día a día no depara muchas emociones.

¿Es la experiencia escudo frente a los errores o un freno definitivo para el espíritu de riesgo? Desconozco si alguien tiene una buena respuesta; yo no. Como testigo maravillado de una vida en sus inicios, comparto con placer todas las primeras veces, con la sensación de tener ya mucha tierra quemada, demasiados ‘tiros pegados’, como decimos por aquí.

En el sentido más literal, mi pequeña Inés da sus primeros pasos vacilantes pero decididos y sin indicios de miedo, mucho menos escénico. Quizá porque envidio su pasión iniciática, oso compartir mis pequeños escritos y me asalta un terror que atribuyo a una mezcla de mi natural cobardía y el resquemor de antiguos fracasos. Opto por que el pánico no me impida actuar y lo vivido no se convierta en un freno.

Nunca he sido muy fan de Sabina, pero algunas de sus letras me parecen gloriosas. Hoy he vuelto a escuchar esta canción. No será la mejor, pero a mí siempre me ha encantado. A Inés también parece gustarle y eso que pasarán algunos años hasta que pueda entenderla. Por una vez, me apunto a creer que la experiencia es un grado, y si no que se lo pregunten al de Úbeda.

Felicidad y fracaso

Muchas cosas han pasado en este año que está a punto de acabar. Lo afirmo, por supuesto, a título individual. Seguro que para muchos este 2014 quedará sin pena ni gloria, como para mí misma tantos otros. En este tiempo he recuperado capacidades, emociones, y sobre todo mucha ilusión. Llevaba demasiado tiempo mirando la vida a cara de perro; llegué a pensar que era para siempre.

Y todo a pesar de que en estos días no hago más que ver noticias que confirman que si la raza humana se extinguiera el mundo saldría ganando. Personas que matan a otros porque sí, hombres que asesinan a sus hijos, a sus mujeres, a sus padres, seres a los que no les importa que lo que les hace ricos extermine países enteros. Imagino infancias de abusos, violencia, falta de amor, necesito buscar una explicación que no sea que a veces los hombres, las mujeres, son malos por naturaleza.

Tener a Inés ha ampliado mis horizontes pero me ha limitado la perspectiva: ya sólo puedo ver la vida a través de sus ojos. Por eso he cambiado entender por sentir, pensar por actuar, lamentar por sufrir. Cada día experimento cien veces felicidad y fracaso, temo que todo el tiempo y el amor no sean suficientes, me pregunto por el futuro, como todos los padres de todos los tiempos, sé que no soy original. No me avergüenza no serlo: lo que importa de verdad no ha cambiado desde el principio de los tiempos, nos seguimos emocionando con las mismas historias, una y otra vez. Lo saben bien los publicistas de Ikea, que llevan días conmoviendo al más pintado con un anuncio que sorprende por su obviedad. Los niños quieren tiempo con sus padres, juegos y mimos, toneladas de amor para forjar buenas personas, de los que hacen sentirse orgullosos de pertenecer a la especie humana.

 

Pato, teta, Manina

20141205_113926-1Ni mamá ni papá. La primera palabra que pronunció Inés fue pato. Y sigue siendo una de sus favoritas: llama así a palomas, gorriones y demás fauna alada de la calle, a todos los seres animados de los libros y, por suerte, también a los patos del parque. Pensándolo un poco, patos y peces cuentan con gran presencia en la literatura infantil, al menos en la que se dirige a los pequeños futuros lectores. Estrellas y caballitos de mar, tiburones y submarinos nos acompañan cada día a la hora del baño, junto a un pato de goma y un pequeño delfín. La fauna marina también figura entre mis primeros recuerdos, y eso que tardé catorce años en ver el mar, pero las películas y la imaginación logran el milagro de construir memorias de hechos que ni siquiera han sucedido.

Entre patos reales y falsos, alguno vamos acertando. Bien se dice que incluso un reloj parado da bien la hora dos veces al día. Lo realmente maravilloso es cómo el lenguaje, la capacidad de poner nombre a las cosas, cambia para siempre la relación con el mundo y con los demás. El pequeño ser por el que hasta hoy decidíamos todo es ya capaz de expresar sus necesidades más básicas: agua, teta, caca. Reparo en que ahora siempre espero a que sea ella la que diga la palabra mágica para ofrecerle el pecho, con tono de apremio o reproche en medio de la noche, o tras dos eternas horas en la guardería.

El primer nombre propio en salir de la boca de Inés fue Marina, muy apropiado en nuestro mundo de patos, peces y demás fauna acuática. ‘Manina’ es nuestra vecina del tercero, sólo unas semanas mayor. A través de ella aprecio de verdad cómo crece mi chiquilla, cuya evolución no puedo ver al tenerla tan cerca. Lo maravilloso es que, creciendo igual, lo hacen de modo diferente: Inés habla, Marina corre. El otro día coincidimos las cuatro enfrente de casa; Marina andaba delante de nosotras con paso firme y de vez en cuando giraba la cabeza riendo para comprobar que estábamos ahí. Inés reía también y gritaba su nombre mientras la seguíamos con el carrito. Cada una a su modo, las dos disfrutaban intensamente su nuevo paso hacia la independencia.

 

Adaptación

Las guarderías son lugares vedados a los padres donde los niños guardan sus primeros secretos. Así lo siente mi yo más dramático mientras paseo sola por un barrio hasta ahora desconocido. Hemos empezado la adaptación a la guardería, y vamos poco a poco. Una hora sin Inés puede hacerse larga cuando no hay nada que hacer y a la mente le da por maquinar tonterías. Me pregunto a qué dedicaba antes esos ratos vacíos de todo y no soy capaz de recordarlo, como tantas otras cosas.

Me cuesta alejarme de las inmediaciones. Al final entro en un café de ambiente colonial que va a serme muy familiar en estos días de adaptación. Pido un cáfé y espero. Un cliente le pregunta con guasa al camarero si el cazador que aparece en una foto tras la barra es él de joven. Con la misma sonrisa, le responde que es su difunto padre en una cacería de hipopótamos. Pienso que el tipo es rápido de reflejos o la graciosidad no es muy original, quizá ambas.

Se hace de noche mientras vuelvo a buscarla. Recuerdo haber vivido brevemente en uno de esos edificios hace veinticinco años. Entonces, un descampado lleno de socavones separaba el mastodonte de nueve pisos del supermercado más próximo. La tienda todavía sigue allí, rodeada ahora de otros dos bloques y una plaza llena de columnas absurdas. El paisaje de hoy me parece igual de hostil que el de entonces, cuando mi yo más joven se enfrentaba a sus primeros retos en solitario por caminos siempre pedregosos.

Mientras la espero salir me siento un poco culpable. Inés llora un poco cuando me ve y luego canta todo el camino mientras volvemos a casa. Le pregunto si lo ha pasado bien sabiendo que no tendré respuesta y pienso de nuevo en los secretos que guardan los hijos. Ahora me toca a mí. Mi yo dramático sueña esa noche que voy a morir, y mi gran preocupación es todo lo que Inés vivirá sin que yo esté allí para cuidarla. Me despierto angustiada. La adaptación a la guardería no es fácil, doy fe.IMG-20141201-WA0000

 

Fotos

El tópico afirma que cuando empiezas a recordar -casi siempre añorar- lo que pasaba hace veinte años, estás perdido. Según esto no debería celebrarse el vigésimo aniversario de nada, y mucho menos organizar cenas para fomentar la nostalgia, pero por suerte, o no, nadie hace caso. Hace unos días acudí a una de ellas, y como era de esperar hubo fotos que atestiguaron que en tiempos remotos pasamos muchas noches en aquel bar. Salir con la cámara encima no era entonces tan frecuente, por eso no había muchas. Al menos así me lo pareció, al reconocerme por cuarta vez disfrazada de bailarina tropical en la proyección en bucle . Y todavía estábamos con los entrantes.

Por primera vez algunos sufrimos aquel día una extraña sensación de anacronismo. Los casi niños que aparecían en las fotos podrían ser nuestros hijos, pero resulta que éramos nosotros hace no tanto tiempo, según lo frescos que cada cual conserve los recuerdos de una época nebulosa en general. En un momento de la cena le pregunto a una conocida por su sobrino: en respuesta me muestra en el móvil fotos de Lucas, cuyo rostro de un año es la página en blanco de una vida por delante. Con apenas treinta, su tía asegura que parece vieja a su lado y tiene razón; casi nadie resiste la proximidad de las nuevas criaturas sin sentirse un poco como un papel arrugado.

Algo más tarde, creo vivir otro anacronismo cuando me muestran la foto de alguien a quien conocí hace más de dos décadas: hubiera jurado no haber visto jamás a aquel anciano con aspecto de haber vivido en el infierno. Es la única explicación para aparentar setenta años teniendo cuarenta, y la falta de brillo en unos ojos a los que queda poco por ver.

Pocos días después, llevo a Inés a posar para sus primeras fotos de carnet. Ella llora desarmada cuando un extraño la apunta con su cámara, y yo lamento mi torpeza por no ser mejor intermediaria frente a los avatares de un mundo siempre desconocido. Mientras intento consolarla, mis ojos recuperan algo del brillo de esas noches en las que por fortuna pocas cámaras fueron testigo.