Saber esperar

Si hay una capacidad que considero meritoria es la de saber esperar. Infinitas habilidades no están a mi alcance, desde luego, pero suelen ser menos útiles para afrontar la vida, y seguramente repercuten menos en la felicidad. Cada cual va aprendiendo como puede, pero sí tengo claro que en esto, como en tantas otras cosas, los humanos partimos de cero.zapatilla de inés

Igual que todos los niños, Inés vive con urgencia sus necesidades y deseos. Quiere teta, quiere jugar, correr, pintar, agua… y lo quiere todo YA. Me recuerda a mí misma, que puedo asegurar que, con mucho más rodaje, la paciencia sigue sin figurar entre mis cualidades.

Impacientes las dos, algo fundamental nos separa. Inés no es consciente de poseer el inmenso tesoro de todo el tiempo por delante, la página en blanco, todavía sin logros, sin culpas ni errores. Me maravilla cada día su ansia por vivir y disfrutar sin límites, como si no quedara tiempo y todo fuera a acabarse. Cuatro décadas después y con bastantes borrones, intento persuadirla sin mucho éxito de que a veces conviene ir un poco más despacio.

Sé que el tiempo logrará con hechos lo que yo no consigo con palabras. Comprobará que a veces esperar es bueno, otras veces necesario y muchas, las más, no queda más remedio. Y un día, en la mitad del camino, caerá en la cuenta de la ironía de ese tiempo que se vive con urgencia cuando más se tiene, y con calma cuando está a punto de agotarse.

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Arrugas

Nunca había pensado mucho en esto, pero últimamente le doy muchas vueltas a envejecer y morir, algo en lo que estamos todos inmersos, incluida mi tierna Inés y los millones de niños que nacieron, o van a nacer, después de ella. Sé que es normal al superar cierta edad, en la que los dos extremos de la vida ya no son hitos casi irreales que siempre alcanzan otros. Ocurre también cuando las arrugas de la cara constatan que no es en vano el paso del tiempo, todo eso que un día aconteció, y, sobre todo, lo que no llegó a ser. El número de teléfono que tuve ante mis ojos y no marqué, el despacho al que no entré, la puerta que no abrí, ese café que tanto me apeteció y no llegamos a tomar.

Lo explica muy bien ‘Arrugas’, esa estupenda película de animación que tanto dice con tan poco. El final de la vida, cuando ya queda casi nada, y a la vez tantas cosas por las que pelear. Lo único que nos pertenece, en realidad, es el tiempo que quisiéramos detener y vuela inclemente trazando surcos en nuestra cara. Se puede alisar torpemente la superficie, pero nunca frenar su paso. Con un poco de suerte un día seremos un montón de ilusiones en un envoltorio arrugado, como el papel de regalo que tiramos a la basura sin pensar.

película arrugas

Algo parecido sucede con el alma, llena de arrugas invisibles pero indelebles. Aquí el culpable no es el tiempo, sino las personas que más amamos, los que dicen querernos y un día dejan de hacerlo, o les pueden otros afectos, otros instintos, quién sabe qué. Luego resulta imposible enmendar el error, alisar un alma arrugada, y mientras en vano lo intento me arrepiento de todo el daño que hice a los que más me importan.

Penas infantiles

el perro de flandes

Parece que el Perro de Flandes fue feliz al final

Me viene a la memoria ‘El perro de Flandes’, unos dibujos animados de mi infancia de los que apenas recuerdo que el protagonista era un can que tiraba de un carro de leche y era maltratado por su amo. La escena me producía tal congoja que mi madre corría a apagar la televisión; de ahí mi escueta memoria: nunca pasé de las primeras imágenes, así que desconozco si la suerte de Patrás cambiaba y al final era un perro feliz.

Ese trauma infantil, si vale la palabra, explica que nunca haya podido soportar imágenes de maltrato a animales. No hablo de la vida real, en la que se da por supuesto, sino de las historias de ficción, en las que siempre puedes controlar el sufrimiento recordando que, al fin y al cabo, es sólo una película. Me ha llegado a preocupar que las tribulaciones de un perro o un gato me impactaran más que las de los personajes humanos, supuestamente más cercanos a mí. Quizá se debe a que Marco, el otro compañero animado de mi infancia, nunca me generó la misma empatía que el pobre perro de Flandes.

Otro personaje que me hizo sufrir lo suyo fue el cochecito Saturnino, un simpático vehículo con ojos y boca al que un dueño sin escrúpulos abandonaba en el campo. Creo que el final también era feliz. Hoy me apena saber que un coche que formó parte de mi vida ha terminado sus días en el desguace. Si un animal dibujado no debiera generar este sentimiento, mucho menos un montón de chatarra, pero uno no es dueño de sus emociones. Me temo que esta vez no puedo culpar a Saturnino de la quimera de intentar retener a alguien que se fue aferrándome a sus cosas.

Huellas

¿Qué ocurriría si un día desapareciera tu casa, las huellas que constatan que existes, que eres real? Me lo he preguntado mil veces al ver la desesperación de los supervivientes a las catástrofes. La idea me asalta al regresar, casi año y medio después, al lugar en el que he trabajado durante una década. Tan propio y tan ajeno que me siento a la vez como si no me hubiese ido y como si nunca hubiese estado.

Por el camino, el escaparate de una tienda lanza un reflejo de mi cuerpo. Casi el mismo que todos los días transitaba por esa acera, a esa hora más o menos. Dentro de ese envoltorio me he sentido feliz y triste, sola a ratos, frágil siempre. Hoy pienso en una tortuga que olvidó ponerse el caparazón y siento la urgente necesidad de correr a buscarlo. Cambio de idea al recordar que ya hemos estado otras veces en la casilla de salida.

Repaso los lugares en los que viví en mi no tan corta existencia. De casi ninguno conservo grandes recuerdos, al menos no esos que desatan añoranzas, alegrías o penas retrospectivas. Sólo una vez sentí algo así, al dejar el piso donde pas20150103_203216é mis primeros siete años. Un día regresé por razones que no recuerdo y subí hasta el ático, el lugar donde entonces se ubicaban los trasteros. Olí a humedad, madera vieja y hollín, y entendí de repente lo que significa crecer.

Desde entonces he aterrizado en otros destinos; ni muchos ni pocos, no sabría decir. De algunos guardo memoria vaga, de otros ni siquiera eso. Insignificante será mi memoria, cuando ni siquiera yo la conservo. De nuevo el engaño vital, creer que todo es demasiado trascendente. Un día este cuerpo dejará de reflejarse en esa luna poco antes de las cinco, habré llegado final del camino, y nada pasará.

¿Sentiré algo el día en que deje este lugar, el palomar donde Inés dio sus primeros pasos? No sé qué pensar. Dudo del poder emotivo de los lugares, no así del de las personas; la urgencia imperiosa y voraz por abrazar a alguien, apretarlo, casi hacerle daño. Siento algo así al reencontrarme con ella el primer día de trabajo, una pasión que ya conocía, pero en otra modalidad. Esta vez para siempre.