La verdad

El otro día nos cruzamos con una amiga en el parque. Amiga mía, puntualizo, y es que a los veintiún meses Inés tiene ya un círculo social que para mí lo quisiera. Como la conversación se alargaba, decidió hacer notar su presencia, primero con palabras, luego con protestas que iban elevando el tono. Al final, decidí cogerla en brazos para terminar tranquilamente de hablar, pero ella decidió zanjar el tema con una sola palabra que sonó clara y contundente: ‘Adiós’.

Por primera vez, experimenté uno de esos momentos entre la risa y el bochorno tan comunes en los padres, expresión de una inocencia infantil que por un lado ponderamos y por otro nos apresuramos a ‘educar’. Recuerdo haber sido yo la ‘víctima’ en innumerables ocasiones. Una de las más divertidas fue en casa de una buena amiga, cuando Inés, que no había cumplido un año, observaba fascinada las carreras de coches de su hijo pequeño, que por entonces rondaba los tres. Cansado de aquellas intrusas, se acercó a su madre con aire confidencial y preguntó también alto y claro: ‘¿Cuándo se van a ir?’.

Sobra decir que en ambos casos la reacción de las ‘agraviadas’ fueron unas buenas risas. La libertad de palabra y obra de la infancia siempre nos devuelve placeres perdidos como pisar los charcos o exigirle a alguien sin diplomacias que nos deje en paz. Sobra también decir que la reacción es bien distinta cuando algo así sucede entre adultos. Apelar a la sinceridad, bien o mal entendida, para ser políticamente incorrectos con el prójimo no suele convertirnos en los reyes del humor.la verdad 1

Hay quien dice que ojalá conserváramos la espontaneidad infantil, y seguramente tiene razón, aunque confieso también cierta angustia ante eso que llamamos la verdad. Más de una vez, de dos, de diez, he querido aplazar una certeza dolorosa a sabiendas de que más pronto que tarde se impondría sin paliativos. Quizá por eso los niños me siguen provocando fascinación y respeto, y es que en el fondo siempre temo que, mientras construimos un castillo de arena, o con el cuento todavía a medias, pronuncien la temida palabra: ‘Adiós’.

Re-conciliación

Cuando esperas un hijo, las calles se llenan de repente de carritos y embarazadas. El fenómeno no responde a una explosión demográfica, sino a que nuestros ojos lo ven todo pero son selectivos a la hora de mirar. Seguramente por eso, desde que Inés nació encuentro por todos lados la palabra conciliación, sobre todo desde que constaté que se trata de un objetivo complicado, una lucha titánica, una carrera de obstáculos.

Duele admitir que intentaste algo y no fuiste capaz. Hoy añado a la lista de objetivos incumplidos el arte de conjugar maternidad y vida laboral. Motivos hay muchos y valen todos y ninguno. Optas por un modo de crianza basado en el apego y lo encajas como puedes con un trabajo que exige compromiso y esfuerzo. No cuentas con que la vida te reserva nuevas cargas y pone palos en las ruedas. Un día ves claro que lo mejor es elegir… A veces, por más que lo intentas, las cosas no salen como esperabas.

Veo que en un foro de madres alguien reclama ideas imaginativas para conciliar. Por tres veces me planteo aportar algo y no sé por dónde empezar. Relegar temporalmente el trabajo no puede considerarse una solución muy original; habrá quien opine que nunca fue imaginativo tirar la toalla.

He escuchado a mujeres que podrían ser mi madre lamentarse de que la vida no les dio opción; su único camino fue dejarlo todo y cuidar de la familia. Muchas de ellas inculcaron a sus hijas que otras opciones son posibles y que la libertad es un hecho incuestionable cuando cobras a fin de mes. Tras decidir dejar temporalmente el trabajo, me debato entre la tranquilidad por el tiempo ganado y la pena por las satisfacciones perdidas. Aunque creas que haces lo mejor, siempre quedará la duda.

caminosMientras me reconcilio con mi nueva situación, soy consciente de la fortuna de haber podido elegir. A menudo las circunstancias marcan un camino único e inexorable. Quiero pensar que la vida es larga y con accesos de ida y vuelta, pero también demasiado corta para hacer a medias las cosas importantes. A veces es bueno detenerse y centrarse en lo esencial, tomarse un tiempo para vivir la vida que queremos. Quién sabe, a lo mejor en una de éstas damos con la receta mágica de la conciliación.

Buenos y tontos

Un hombre subió a su hijo de tres años a una mesa, lo animó a saltar y dejó que se golpeara contra el suelo. “Así aprenderás a no fiarte ni de tu padre”, parece que le dijo mientras el crío lloraba. Cuando hace años me contaron esta historia, pensé que el tipo era un bruto sin más; hoy los apelativos serían más fuertes. La idea de hacer daño a un niño me resulta inconcebible, por sabia que sea la enseñanza.

Por fortuna los métodos educativos evolucionan, aunque algunos errores y temores sobreviven al paso de los tiempos. Uno de ellos es cómo hacer de nuestros hijos unas buenas personas sin dejarlos indefensos ante los peligros de la vida. La idea de que hay una fina línea entre buenos y tontos sigue vigente. La bondad es una virtud que se administra con prudencia y de la que pocas veces se presume.

Desde que Inés comenzó a interactuar torpemente con el mundo, no he dejado de aleccionarla con mensajes como tratar con cariño a los demás, respetar los juguetes de los otros, no pegar; pero no sé qué aconsejarle si es ella la víctima. He escuchado a muchas madres con dudas similares: educar a los niños en la paz, y al mismo tiempo enseñarles a plantar cara ante situaciones y personas que les agreden.

Supongo que todo lo afrontaremos con la mejor voluntad y sobre la marcha. Pero como norma de vida, quizá una de las más efectivas sea rodearse de buenas personas. Suena a obviedad y seguramente lo es, pero algunos tardamos muchos años en aprender la lección. La atracción por los que nos hacen daño tendrá una explicación que desconozco; sí puedo decir que el resultado es una vida mucho menos feliz.

La llegada de Inés ha afianzado los valores de forma definitiva. Nunca antes había deseado tanto que la existencia fuera un remanso de paz. No parece que vayan por ahí los tiempos, pero al menos haremos lo posible para disfrutar al máximo de un viaje en el que los sobresaltos parecerán más leves si al lado tenemos buenos compañeros.

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Papeles cambiados

A los dos días de nacer mi hija, la pediatra del hospital entró en la habitación y preguntó por la mamá de Inés. En tres o cuatro segundos nadie dijo nada, hasta que la madre de la otra parturienta me señaló y empezó a reírse. Tras este lapsus, viré en un solo segundo de la sorpresa a la preocupación, pasando por cierta extrañeza y hasta un poco de vergüenza. Volví a constatar entonces mi lentitud de reflejos, pero también que a veces no resulta fácil interpretar nuevos papeles, aunque sean plenamente deseados.

Desde ese día he pensado mucho en los roles que asumimos a lo largo de nuestra vida, como eternos secundarios a la espera del deseado protagonista. Al principio parece que basta con estar, pero sin saber muy bien cómo, un día no queda otra que dar un paso adelante y tomar parte activa en la representación.

En algunos momentos resulta difícil saber quiénes somos en realidad. Ojalá la suma de nuestras vidas anteriores, quedándonos sólo con lo mejor de cada una. Hace poco coincidí con una famosa escritora que fue mi vecina en la infancia; su voz me devolvió al instante la imagen de aquella adolescente de pelo rizado que hace treinta años ya volaba alto. A lo mejor no cambiamos tanto, después de todo.papeles cambiados

Una madre del parque me pregunta mi nombre. Tras varios meses coincidiendo todos los días, dice que le da apuro seguir dirigiéndose a mí como ‘la mamá de Inés’. Aunque represento el papel con dedicación y entrega, vuelvo a sentir la extraña sensación de no ser yo en realidad. Quizá sigo sin saberme bien mis frases, o a lo mejor me cuesta creer que a veces la vida es generosa y te concede lo que tanto deseas.

Felices errores

Ser testigo privilegiado de una vida que empieza puede convertirse en la mejor excusa para revisar los propios pasos. Una de las primeras conclusiones es que en esto de las relaciones humanas nunca dejamos de aprender, o dicho de otro modo, no paramos de cometer errores. Alguien que acaba de reconducir su vida me dice que, por suerte, los suyos fueron tan grandes que un día no quedó más opción que frenar de golpe y cambiar de rumbo. No se me había ocurrido pensar que, a medio plazo, el remedio puede ser más rápido cuando el problema es mayor.

Hablando de soluciones, frecuentemente olvidamos una máxima que no por repetida es menos cierta: no dejarse paralizar por los problemas que la tienen, y tampoco por los que no. La idea resulta esperanzadora, pero obliga a pelear sin descanso; son pocas las cosas que no pueden cambiarse si uno se empeña, y aun en casos perdidos hay que luchar hasta el final.

Pienso en las veces que tiramos la toalla sin ni siquiera probar: decenas, cientos, quizá miles. Las personas que desaparecen de la vida, o no llegan a entrar porque no sabemos ganarnos los afectos, o las actitudes contra las que predicamos y en secreto mantenemos. Mucho se habla de cómo educar a los niños, quizá la tarea debiera comenzar por los propios adultos, que andamos tantas veces a ciegas por el camino de los sentimientos.felices errores

Dicen que no se aprende de los errores de otros, y menos de los de tus padres. Seguramente sea cierto, pero quisiera creer que no hay caminos únicos y crisis inevitables. Las rabietas infantiles, la adolescencia rebelde, el afán por consumir, todos los peligros ante los que a veces creemos que nada se puede hacer salvo echarle paciencia y encomendarse a la suerte. Inés parte de cero para elegir su camino, pero yo puedo recurrir a mis fracasos para intentar ofrecerle alternativas; con un poco de suerte, quizá mis fallos puedan hacer su vida más feliz.