Mermelada de moras

Salir a la calle con la misma camiseta con la que dormiste la noche pasada es un síntoma claro de que te estás asilvestrando. También caer en la cuenta de que llevas semanas sin mirarte al espejo con atención, llevar brazos y piernas llenas de arañazos y las uñas negras de tierra y restos de moras. No conectar un ordenador en días y no echarlo de menos. Confirmar que sigues encontrándote más cómoda con zapatillas viejas por caminos de tierra. Volver a soñar con otra vida más simple, más libre, reducir al mínimo las necesidades, generar tú mismo los recursos básicos, depender sólo de tu esfuerzo, sin jefes ni criterios empresariales inciertos.

El mundo se divide en dos tipos de personas: los que al llegar al pueblo comienzan a descontar las horas que restan para marcharse y los que no. Muchos consideran tiempo perdido el que transcurre en calma, sin grandes estímulos, eso que llamamos tranquilidad y a veces no es sino aburrimiento, una pausa tediosa mientras se materializa algo que nuestra mente imagina emocionante, nuevo, sin duda mejor. Para otros, el silencio evidencia el tiempo malgastado en cosas innecesarias, el esfuerzo que parecía incuestionable y ahora se descubre vano, la absurda maquinaria que rige nuestra vida.mermelada de moras

Unos y otros buscamos con mayor o menor éxito instantes de paz; esos en los que desaparece lo negativo y el pensamiento discurre libre y con claridad. Algunos los encuentran en deportes más o menos intensos, otros en el yoga y la meditación. Yo los he hallado en la simple actividad de recoger moras, algo que se ha convertido en un placer diario deseado, casi un vicio. El resultado es un pequeño tesoro en forma de tarros de mermelada en con el que recordar, en las mañanas de un invierno cada vez más próximo, horas de felicidad entre las zarzas del camino.

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Mamá

He oído decir que tener un hijo te hace reconciliarte con tu propia madre; mejor dicho, a entenderla mejor y borrar los desencuentros que hayas podido tener con ella. Seguramente es verdad, aunque creo que llega un momento en la vida en el que suele firmarse la paz de un modo natural. Si la maternidad llega a edad tardía es fácil que esto ya haya sucedido, que el hecho de meterte en su piel sólo venga a confirmar lo que ya te enseñaron los años.

Alguien me dijo que el nacimiento de su hija avivó el recuerdo de su infancia y comenzó a entender muchas cosas, pero también suscitó rencores. Errores que su madre cometió, seguro que con buenas intenciones, e hicieron de ella una mujer que lucha con cientos de inseguridades. En condiciones normales la infancia es una época hermosa, pero raras veces un paraíso idílico.mamá

Hoy yo también recupero veranos de infancia a través de mi hija, que transita por lugares que moldearon la persona que soy. Juegos con cazuelas cogidas a mi abuela a escondidas, paseos por los caminos hasta una ermita cercana, carreras interminables alrededor de la fuente de la plaza. Los primeros compañeros de juegos, la timidez creciente, el miedo al rechazo. Revivo aquellos años y advierto que episodios banales a ojos adultos pueden dejar una profunda huella. Veo a Inés acercarse a otros niños y admiro su determinación ausente de temores, la absoluta pureza de sus actos. Dentro de mí algo quiere advertirle que es mejor ir despacio, asegurarse de que te aceptan, ser prudente. Por un momento veo en ella a la niña que fui, pero su cara, limpia de las huellas del tiempo, habla sin palabras de una historia nueva, aunque discurra por antiguos caminos.

Momentos

Con la lactancia como excusa, me tomo alguna que otra ‘licencia’ con los dulces. El caso es que un café con leche debidamente acompañado se ha convertido en un placer cotidiano y casi irrenunciable. Siempre lo fue, pero desde hace un tiempo constituye además un pequeño oasis de paz, siempre que Inés no decida saltarse la siesta, claro.

Instantes así me producen un extraño bienestar; un café corriente, casi a escondidas mientras los demás duermen. La cosa se pone aún mejor si a su lado aparece un bizcocho integral o de zanahoria. No necesito más para ser feliz, en cambio si ese momento falta los días parecen hacerse más difíciles.

Ratos para poner orden en casa y en la mente; en ambas a la vez, casi siempre. Planear qué haremos luego, repasar temas pendientes, acordarse de una amiga (la llamo sin falta, de esta semana no pasa), soñar con el futuro. Con un niño pequeño, esos paréntesis son tesoros que hay que cazar al vuelo porque llegan sin avisar y cuando menos lo esperas. El café a la hora de la siesta, el cigarro en el garaje de madrugada antes de irse a la cama, un rato (por fin) en el baño a solas.

café y pastisset

café y ‘pastisset’

El último acompañante en ‘mis momentos’ se llama ‘pastisset’, una empanadilla rellena de requesón y nueces que muchos objetarán que es demasiado contundente cuando el termómetro marca cuarenta grados. Seguramente tienen razón, pero también puede alegarse que, puestos a hacer algo, pues que sea en condiciones. Al fin y al cabo, la felicidad de la vida se esconde en los pequeños momentos; en nuestra mano está muchas veces hacerlos un poco más grandes.