¿Por qué?

Tras el deseo de tener hijos se esconde a veces el afán de encontrarle un sentido a la vida, que un pequeño ser cubra huecos y allane caminos en una existencia que parece absurda en sí misma. El porqué de esta historia es una pregunta que nos asalta a todos: en época de cambios, cuando las cosas van mal, sin razón aparente, algunas veces, cada día, a cada momento.  A falta de respuestas concluyentes hay que ingeniárselas para sortear el bache; no es fácil encajar que tanta pasión y energía sean al final para nada.IMG-20151125-WA0003

Y a pesar de todo, la cuestión sigue ahí, como un rumor de fondo que no escuchamos hasta que las voces callan
. Caminando de noche tras otro día en el trabajo, de madrugada con tres copas y la mente agitada, en una biblioteca entre estudiantes a los que doblas la edad. El contexto cambia, la duda permanece. ¿Por qué todo esto? ¿Para qué tantas vueltas? La respuesta duerme en la cama de al lado, en esa criatura amada sin límites que crece y se aleja por momentos.

Y a pesar de todo, un día algo vuelve a recordarte que en nada quedarán tantas ilusiones y proyectos. Es hora de remar contra corriente y combatir miserias existenciales con optimismo suicida. Justo entonces, tu hija de dos años comienza a reclamar los motivos de todo y la historia vuelve a comenzar. La respuesta a tus dudas se convierte en una máquina que dispara ‘por qués’ a razón de diez veces por minuto. Te resignas a seguir en un mar de dudas y decides que tampoco está tan mal. Quizá seguir preguntándonos ‘por qué’ sea la prueba de que estamos vivos y no nos limitamos a dejarnos arrastrar por el imparable fluir de los días.

Prados más verdes

Una idea peregrina que me rondaba antes de ser madre era la posibilidad de que un hijo te caiga mal. Dicho de otro modo, si tu retoño puede ser una de esas personas que te ponen de los nervios hagan lo que hagan. Que suceda esto resultará excepcional, pero no que ciertos comportamientos desaten el (momentáneo) deseo de vender a tu vástago por un módico precio, regalarlo incluso.

Los padres coinciden al afirmar que las dificultades de la crianza crecen al mismo ritmo que el niño. A los más avanzados les parecerá nimio preocuparse porque una cría de dos años arranca objetos de las manos a sus compañeros de juegos y desea siempre lo que tienen los demás. Pero saber que algunas conductas son normales no frena a veces el desagrado que nos producen.

La irritación crece casi siempre cuando los pequeños repiten nuestros propios defectos. El ímpetu acaparador de mi hija  escenifica la idea frustrante de que lo de los otros siempre es mejor. No saber apreciar lo cercano y depositar los anhelos en otro tiempo o en lo que nos niegan es garantía segura de infelicidad. A veces requiere muchos kilómetros y demasiados años evidenciar que no llegará la paz mientras creas que la hierba siempre crece más verde en los prados lejanos.

Como en todo lo demás, Inés deberá recorrer su propio camino para llegar a esta conclusión, o a otra diferente. Decidirá entonces que su sitio se halla en lugares remotos, o en los paisajes de sus primeros días. Pero como decía la frase que no sé a quién atribuir, sabrá que está en el camino correcto cuando pierda el interés en mirar atrás.

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Palos y piedras

Dice la leyenda que un niño acabó sin un ojo jugando con una caña, (o con un palo, según versiones). Algo parecido le sucedió a otro que tiraba piedras, no recuerdo cuál fue esta vez el daño irreparable. Tanto debí de escuchar estas historias que aun hoy se me encoge el corazón cuando Inés aparece en el parque con una rama en la mano y cara de haber hallado un tesoro. Será espíritu de contradicción, pero por el momento no le he prohibido jugar con palos, ni con piedras. A cambio, tomamos ciertas precauciones: como veo que a otros padres también les debió de calar hondo la historia del ojo, vigilo para que mi hija no se acerque demasiado a sus niños y cunda el pánico, y de paso para no hacer real la leyenda, que no voy a negar que la cosa tiene sus riesgos.palos y piedras

Soy hija de esa infancia hoy idealizada en la que jugamos con palos, piedras y todo lo que pillábamos en la calle. En aquella época los niños lográbamos antes la autonomía, pero a cambio recibíamos una buena ración de miedos. ¿Quién no recuerda al hombre del saco, o a aquel otro señor que repartía caramelos con droga a la salida del colegio? No sé de nadie que se topara con ellos, pero ambos gozaron de un protagonismo innegable en nuestros primeros años.

Como ya apenas los oigo nombrar, los imagino disfrutando de una jubilación merecida, la misma en la que de momento tenemos al Ogro Comeniños de Pulgarcito y el lobo que se zampó a Caperucita, las siete cabritas y los tres cerditos. Quizá más adelante haya que rescatarlos, todavía no sé cómo, en la difícil misión de hacer entender a mi niña, sin miedo pero con precaución, que en esta vida se topará con personajes mucho más despreciables y dolorosamente reales. 

Ojalá palos y piedras fueran los mayores peligros que nuestros hijos van a encontrar en su vida. O mejor aún: ojalá sirvieran para luchar contra este mundo terrible que les ha tocado. Pero me temo que esa misión requiere de armas más poderosas; eso de que David venció a Goliat es solamente otra leyenda.

En su piel

¿Qué sentimos los humanos en nuestro despertar al mundo? La mente infantil parece a veces un misterio insondable, casi tanto como el más allá en el que nadie recuerda haber estado y ni siquiera sabemos si existe. La niñez sí es una realidad innegable, tanto como que todos pasamos por ella. Pero a veces parece que desapareciera sin huellas, por más que uno busque en la memoria pistas para entender a los que hoy debutan en la vida. No es fácil verlo todo de nuevas cuando llevas respirando más de cuatro décadas, maravillarse con los milagros cotidianos, sentir la intensidad de las primeras veces.Inés BN

Las convenciones del entorno adulto lo hacen todo más previsible pero también mucho más sencillo; al menos para los que no andamos sobrados de espíritu de aventura. Recuerdo como uno de mis peores tragos la osadía de contar un cuento a unos niños de cuatro años, y aun hoy vivo como un reto diario acompañar a Inés en las primeras manifestaciones de su carácter. El instinto de posesión, la frustración ante las negativas, el atropello de risas y llantos y el intento de traspasar los límites no parecen fáciles de gestionar con sólo dos años y tantas ganas de vivir como inexperiencia.

Meterse en la piel del otro es la mejor estrategia para entender el porqué de sus actos y seguramente el único modo de llegar a comprenderle. Creo haberlo logrado con aceptable éxito en otras ocasiones, pero hoy es como si me viniera grande conectar con el devenir insaciable de la mente de mi hija, sostenida por un pequeño cuerpo ávido de emociones que todavía no sabe identificar.

Intentaré compensar con amor mis incontables carencias como maestra de educación sentimental. De momento me he propuesto algo que nunca antes supe hacer: decirle todos los días, una vez al menos, lo mucho que la quiero.

Puertas

Vivo en una casa sin medidas de seguridad: una cerradura corriente en una puerta endeble a la que casi nunca damos las dos vueltas de llave, una cadena que se abre fácilmente desde fuera y un pestillo trasladado del baño para frenar los intentos de fuga de Inés, que con dos años muestra ya un acentuado interés en ir por libre.puertas

Por si alguien pudiera sentir tentaciones, debo aclarar que nada en el interior merece el esfuerzo de ser robado. Esto explica lo que podría parecer descuido o un exceso de confianza en el género humano; uno está tranquilo cuando no tiene mucho que perder. La falta de bienes materiales será para algunos sinónimo de fracaso vital, a mí en cambio me genera una tranquilidad que se parece mucho a la libertad. Los quebraderos de cabeza que acarrean los bienes me producen cierta pereza, quizá por eso nunca envidié demasiado a sus dueños.

Sí sentí celos en varios momentos de los que tenían hijos, pese a saber que tras su llegada se acabaría lo de abrir y cerrar las puertas de la vida con descuido y sin temor a las consecuencias. Cambiar de escenario, de compañía, de rumbo, es sencillo cuando las posesiones y los vínculos sentimentales son pocos. Si pensamos en nuestros hijos, los avatares del mundo y el futuro adquieren significados nuevos y a veces amenazantes, ninguna puerta parece lo bastante sólida para protegerles.

Hace unos días, Inés desapareció en un momento de descuido mientras volvíamos de noche a casa. Supe lo que es el pánico mientras gritaba su nombre y la buscaba en portales y calles oscuras llenas de coches. No pasarían más de treinta segundos que se me hicieron interminables hasta que la encontré tras una esquina, con sus ojos redondos mirando entre extrañados y divertidos. Un impulso raro me levantó de la cama aquella noche para cerrar por primera vez la entrada con llave, pero al hacerlo en lugar de seguridad sentí un ramalazo de inquietud: el miedo se había quedado a este lado de la puerta.