Ritmos

La convivencia a tiempo completo con un humano menor de tres años obliga a un continuo reajuste de tiempos, planes  y apetencias. Una de las cuestiones más costosas en la aventura diaria con Inés es comprender y aceptar sus ritmos, la felicidad pura de una vida sin patrones, objetivos ni proyectos de ningún tipo. Sé que en breve me arrepentiré de haber contaminado momentos irrepetibles con prisas, de no haber disfrutado aún más este paréntesis maravilloso que nos ha regalado la vida. Ya lo lamento, de hecho. A veces el error es tan flagrante que la culpa llega por adelantado.

Y es que ni los más pequeños se salvan de la maldita urgencia que imprimimos a una existencia ya de por sí fugaz. El pensamiento me ha asaltado varias veces en unos días en los que casi sin pausa vamos cerrando etapas. Adiós a los pañales, a las sesiones de música para bebés, a los miércoles en el grupo de crianza. Todo tiene sabor a adiós, o como poco a un ‘hasta luego’ incierto. Inés asiste a todo con ojos entre sorprendidos e ignorantes: sé que a su modo percibe que algo está pasando que alterará las plácidas rutinas, la alegre seguridad de pisar terreno conocido, el excéntrico lujo de vivir sin más.

20160531_123529

Siento cierta amargura al leer unos papeles sobre el periodo de adaptación al colegio. Con sinceridad encomiable nos advierten de la dureza de separarse de la familia, adaptarse a horarios, enfrentarse quizá por primera vez a lo desconocido; auguran posibles cambios de carácter, retrocesos educativos, sentimientos de abandono y soledad. La cara repetida hasta el infinito de mi niña me mira expectante desde uno de los folios; como buscando la respuesta que ninguna de las dos sabemos. La niña con trenzas de las fotos me resulta por un momento ajena. Serán los miedos que me nublan la vista, el vacío inconfesable ante la separación cada vez más próxima. Será que el futuro me anticipa el necesario viaje en busca de su lugar en el mundo. 

 

Anuncios

Lo normal

No saber en qué día vives, ni en qué mes, casi ni el año si te apuran. Salir a la calle con la cara lavada y sin peinar, sin bolso, sin dinero, sin un objetivo concreto. No saber qué contar cuando alguien pregunta por la vida que llevas: acabar diciendo que lo haces en una realidad paralela como un resumen bastante aproximado si nos ceñimos a lo que suele entenderse por normalidad.

Si pienso en una vida normal mi mente sigue dibujando la misma imagen: un trabajo vocacional que absorbe tiempo y energías, la lucha cotidiana por llegar a todo, tratar de cumplir lo mejor que puedes, ratos de tedio, instantes de felicidad. Marcar en el calendario los festivos, fines de semana, días de vacaciones. Dejar cosas a medias en un tiempo siempre escaso, aplazar demasiadas para el próximo día, quizá podamos la próxima vez.

Tras dos décadas en el mundo laboral otra forma de vida llega a parecer imposible, casi inimaginable. Cuesta tomar la decisión y cambiar de tercio, aunque sea por un tiempo, por una buena causa, por razones tan poderosas que hasta se llaman ‘de fuerza mayor’. Abandonar el trabajo se antoja como romper el vínculo con la vida, las cosas importantes, con lo real.garza

Y casi sin sentir, en un momento indeterminado te sorprendes mirando al mundo desde la barrera, siendo un ser extraño que construye castillos en el aire con la arena del parque y mira a los humanos sin entender tanta prisa, como si hace dos días no hubieses estado allí. Tanto escuchar que veinte años no es nada y al final resultó que era verdad. Las vidas pasadas parecen haberse borrado, como si no hubiesen existido y siempre hubieras disfrutado del lento discurrir de los días, el oscuro invierno y las generosas tardes de verano, el lento declive de los abuelos, la energía imparable de los niños. El misterio del principio y el fin de la vida confiere a la normalidad un sentido nuevo, quien sabe si más auténtico, menos efímero, real por fin.

 

 

¿Y por qué no?

Mi abuela y casi todas las abuelas que conozco dijeron alguna vez eso de: “Quién tuviera tu edad, pero sabiendo lo que sé ahora!”. En su día no comprendí bien lo que significaba, pero la frase siempre me gustó, como aquella otra de: “Podría ser tu madre”. A día de hoy tengo la edad suficiente para decir ambas cosas, pero por alguna razón ya no me suenan tan bien.

Cuando eres joven, uno de los anhelos más urgentes es la experiencia. No reparas en que adquirir el conocimiento supone pagar a cambio el precio de la juventud. Notas un día que te queda poca inocencia y los años han pasado sin sentir. Puedes entonces valorar lo que sabes o lamentar el paso del tiempo, ambas cosas a ratos, quizá las dos a la vez. También puede ser el momento de replantearse la vida, superar antiguos miedos y crecer. Demostrar que sí es cierto que la existencia no pasa en vano y a veces nos hace más fuertes, más libres, incluso más bellos.

20160111_145150

Pocos límites parecen más difíciles de superar que los que uno mismo se marca. El miedo a hablar en público, a abandonar la seguridad de un trabajo por una ilusión incierta, a amar y sentir libremente, a los propios prejuicios. Nada más motivador que la historia cercana de personas que un día vieron cortado el camino y supieron dar el salto. El pequeño y poderoso triunfo que entraña enfrentarse por fin a un micrófono, apuntarse a ese viaje, atreverse a correr una media maratón. Querer ser quien eres, por encima de la sabiduría y los años; decir un día: ‘Podría ser tu madre y me da igual’. Pocos ejemplos de sabiduría como derribar los mayores obstáculos armados con la pregunta más simple: ¿Y por qué no?

 

 

 

 

 

Ahora o nunca

Desde que Inés nació, al menos dos veces al día oigo voces que me advierten de lo rápido que los niños crecen, de lo importante que es disfrutar de cada etapa, de esos momentos ‘que pasan y no vuelven’. La que habla no es mi conciencia; son familiares, amigos, vecinos, completos desconocidos. En pocas cuestiones vi nunca tanto acuerdo, tanta unanimidad de criterios.

La fugacidad del tiempo es un tópico antiguo como el mundo. Que los niños crecen tan rápido que cuando quieres enterarte ya no lo son es una de sus variantes más socorridas. Algunos llegamos avisados, con mucha vida malgastada entre etapas de letargo y carreras absurdas hacia ninguna parte. Los días por delante valen su peso en oro cuando uno tiene la sensación de haber llegado tarde a su propia vida, con deseos alcanzados in extremis y el ‘ahora o nunca’ grabado a fuego en la mente.

Hay quienes superan etapas y queman varias vidas, ahora o nuncaotros consumen casi todo su tiempo aprendiendo a vivir. Quizá todo forme parte del camino, de un juego de saltos de oca a oca y temporadas en el pozo. Avanzar más o menos rápido no detendrá el paso del tiempo, pero quizá yendo más lento uno pueda sentirse más dueño de su historia, de los pequeños y grandes acontecimientos, cada nueva palabra, el primer viaje en el autobús, el
paso lento de los patos. En resumidas cuentas: de la vida.

La vida de antes

¿Cuánto tiempo pasó desde que fuiste madre hasta que deseaste, necesitaste incluso, recuperar cosas de tu antigua vida, retomar viejos hábitos, amigos queridos, espacios de soledad? Digamos que un día, ni pronto ni tarde, reparas en que es viernes, justo la hora a la que tus amigas quedan para esa cerveza que por un misterioso motivo siempre sabe mejor fuera de casa. Supongamos que los astros se alinean en forma de dos horas libres, que las ganas vencen a la pereza. Pongamos que vas.

la vida de antes

Sin saber cómo, junto al pequeño y poderoso ser que centra tu vida se hacen sitio a codazos el trabajo y la familia, libros casi furtivos leídos por entregas, ratos de estudio a horas intempestivas, charlas y risas en buena compañía. Momentos de asueto entre el placer y la culpa, descontando minutos entre miradas al móvil. Tras una de estas escapadas, corres a casa vaticinando el desastre y el pequeño ser y su papá te ignoran mientras siguen jugando en la cama y ríen como locos.

Descubres que amar no equivale siempre a renunciar, que el tiempo de para mucho si te organizas bien, que a veces es bueno separarse para reencontrarse con más ganas, que San Preciso se murió. Y a pesar de todo, el anhelo de un tiempo propio se plantea a veces a media voz, con cierto apuro y no poca culpabilidad. Las aspiraciones se convierten aquí en terreno escabroso, para nosotras mismas, más que para nadie.

Como en tantas cosas, también aquí es peligroso generalizar. Habrá quien diga que nunca tuvo la necesidad, quien no sienta haber dejado nada por el camino, quien también en este terreno logre el milagro de conciliar. Para el resto, queda el reto cotidiano de llegar y disfrutarlo todo, intentar ser más felices y que los nuestros también lo sean, vivir todas las facetas con alegría y sin reproches. El próximo viernes no me lo pierdo.

 

Ensayo y error

Uno de mis recuerdos más nítidos de infancia sucedió en clase de parvulitos a los cuatro años. Esperaba en la fila para leer la página de la cartilla con la hermana Miguela mientras sentía unas ganas crecientes de hacer pis. No me atreví a decirlo, y cuando por fin la monja me sentó en sus rodillas no pude aguantar más y mojé mi ropa… y su hábito negro hasta los pies. Sobra decir que su enfado fue tan mayúsculo como mis ganas de desaparecer. Ya de adulta, la anécdota ha generado abundantes risas y comentarios de todo calibre, que no han conseguido borrar la vergüenza que sentí, que todavía siento, cuando recuerdo ese día.

Seguramente muchos compartimos historias similares. Pequeños relatos que en su día nos hicieron conocer la vergüenza, la sensación de fracaso, de fallar a las expectativas de los que más queríamos. Anécdotas sin importancia que adquieren tamaño desmesurado en una mente infantil y marcan nuestras acciones futuras, el modo de percibir y encarar las cosas.

20160425_182747

El caso es que desde hace unos días andamos con Inés en plena ‘operación pañal’, uno de esos momentos que suelen poner a prueba el temple y capacidad de empatía de los padres. Dicen que excepto los casos (pocos) en los que los niños se adaptan a la nueva situación sin fallos, el proceso requiere toneladas de paciencia y pantalones limpios. Mientras la cambio por segunda vez en media hora y contengo mi ira a duras penas me pregunto si no estaré repitiendo viejos errores, ignorando su ritmo y haciendo las cosas porque ‘toca’, porque todos lo dicen, por no ser los últimos.

Su mirada de incomprensión ante mis reproches trae a mi mente la imagen de la hermana Miguela. El enfado se esfuma de repente. La abrazo y trato de convencerme de que sus errores, y sobre todo los míos, son la mejor oportunidad para hacerlo mejor la próxima vez, para ayudarla a crecer sin culpas, vergüenzas ni miedos.

 

Nuestros libros, nuestra historia

Varias veces al día me sorprendo pensando que me hubiese gustado tener en mi infancia muchas de las cosas que para para mi hija resultan cotidianas: columpios con respaldo y barreras, una bici sin pedales, toboganes en los que no te juegas el tipo cada vez que osas subir. Pero sobre todo la envidio por tener en sus manos desde que era un bebé libros con las historias que a mí me hubiese gustado leer.images

El primero fue ‘Inés del revés’, regalo de unos amigos antes de que naciera y casi premonitorio de una niña que lucha por hacer las cosas a su modo en un mundo de rutinas e imposiciones. Creo que mi Inés y muchos niños (y no tan niños) se identifican mucho con un personaje que un día ‘se sentía del revés’ y decidió llevarlo hasta las últimas consecuencias. La empatía y capacidad de adaptación de su madre también son dignos de elogio, sobre todo para los papás que adolecemos de falta de paciencia y cierta rigidez mental.

elMonstruoRosa12_En casa tenemos especial aprecio al ‘Monstruo Rosa’, la historia de un ser diferente que vivía en un mundo donde todo, y todos, eran de color blanco. Seguro que muchos adultos de hoy hubiesen sufrido menos de haber conocido a aquel personaje torpe e inadaptado que un día se marchaba en busca de su lugar… y lo encontraba. Espero que su historia, y otras que hablan de inclusión y respeto, eviten tanto sufrimiento injustificable, casi siempre silencioso, tanto dolor causado por el acoso y la marginación.

biblioteca-mpm-queda-sitio-para-mi-boolinoA los protagonistas de ‘¿Queda sitio para mí?’ los conocimos a través de la narración oral antes de leer el libro, así que imaginamos a nuestra manera cómo un ratón, una liebre, una rana, un jabalí y un oso se las apañan para meterse dentro de una manopla. Hace poco pudimos ver las ilustraciones originales, seguramente más bonitas que las que creó nuestra mente, pero un poco menos entrañables. Es lo que tiene el conocer el rostro de tus héroes después de haberlos soñado: la realidad nunca está a la altura de la ficción. Lo mismo nos ocurrió con ‘A qué sabe la luna’, una historia que nos acompaña en los paseos y a la que incorporamos más o menos personajes según lo largo que sea el trayecto a casa.

También se cuentan entre nuestros amigos Elmer, el elefante de colores que un día quiso confundirse en la manada, Charlie & Lola, traducidos al español como Juan y Tolola, y Leonardo Fibonacci, autor de la secuencia que lleva su nombre y del que Inés por el momento sólo sabe que, como a ella, le gustaba mucho contar todas las cosas.

peces de colores

Todos ellos desempeñan un papel protagonista en una mente nueva y ávida de emociones. Una de las maravillas de la primera infancia es que personajes verdaderos e imaginarios forman parte de la vida con la misma intensidad. Inés del Revés, Monstruo Rosa, el ratón, el zorro y los peces de colores configuran un universo mágico, libre, y sin embargo real. Con todos ellos, y muchos más, vamos escribiendo cada día nuestra propia historia.