Ser mayor

No recuerdo en qué momento uno deja de ansiar ser mayor para querer detener el tiempo, incluso retrasar algunos años, puestos a pedir. Como tantas cosas, depende del grado de optimismo de cada cual. Los que no andamos sobrados nos recordamos a nosotros mismos quejándonos de ‘no ser ya tan jóvenes’ recién cumplidos los veinte, para burla y escándalo de los que pasaban de cuarenta, de nosotros mismos, sólo dos décadas después.

La relatividad del tiempo es una verdad cotidiana, de esas que todos constatamos sin necesidad de experimentos ni sesudos razonamientos. Está en la sorpresa al escuchar a nuestra abuela referirse a sus amigas octogenarias como ‘las chicas’, y en la misma reacción ante la negativa de nuestro hijo a caminar de nuestra mano porque ‘ya es mayor’. Pero hombre… ¡Si no tienes ni tres años! Temprana es la urgencia por abandonar la infancia, por perder la inocencia, por quemar etapas. Algo parece arrastrarnos desde los primeros momentos a una absurda prisa por vivir.

La fiebre termina al comprobar un día que nos queda poco fuego, que ya ardió buena parte de la mecha que creímos inagotable. Pero esto, como tantas cosas, es necesario sentirlo para creerlo. De nada serviría advertirle a una niña sobre un mañana que se pierde en el tiempo, inmersa como está en un hoy interminable.

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La repentina obsesión de mi hija por desertar del bando de ‘los pequeños’ no es casual. Pensándolo un poco, todo alecciona a los niños para que renieguen de su infancia: la premura para que hablen, aprendan a entretenerse, para que caminen solos, en todos los sentidos. Yo misma, hablándole de ‘los niños mayores’ que comen de todo, no toman teta y ya no usan pañal.

Demasiadas voces, dentro y fuera de casa, nos instan a crecer a marchas forzadas para ser los primeros, para aprovechar el tiempo cambiando el tiempo de juego por interminables deberes, para competir. Por eso resulta un consuelo saber que hay niños que también se resisten a cumplir años, como si algo en su interior se aferrara al paraíso de la infancia. Quizá por eso me gusta tanto que Inés, vencida por el cansancio, me pida que la lleve a la cama en brazos mientras me dice bajito: ‘Soy un bebé’.

 

Imposible

Había una vez unos locos que ignoraban que su objetivo era imposible, así que lo lograron. Entre los que sí lo sabían, seguramente muchos se echaron las manos a la cabeza y siguieron asegurando, sin importarles la evidencia, que aquello no podía ser. Así vivimos muchos humanos, cómodamente anclados a nuestras limitaciones y molestos cuando alguien demuestra ante nuestras narices que no son reales.

En la lista de taras que intento no transmitirle a mi hija figura en lugar destacado la tendencia a adelantarme a los acontecimientos convencida de que la cosa es inviable, no merece la pena o todo va a salir mal. En su corta vida, Inés ha rebatido innumerables veces mi teoría, reafirmando que nada hay tan atrevido como la ignorancia, en este caso para bien. Su propia llegada barrió un buen montón de noes y miedos que demostraron ser falsos, y de paso las excusas para limitarse a seguir la corriente de la vida sin plantearse alternativas. Su tenacidad infantil me demuestra cada día el error de dejarse avasallar por esa peligrosa mezcla de costumbre, comodidad y cobardía. Es difícil salir lastimado si ni siquiera lo intentas.

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Comprobar que lo imposible está más lejos de lo que creías supone avanzar un paso para ser libre. Superar la enfermedad que pudo vencernos, cortar con circunstancias y personas que nos hacen infelices, arriesgarse a perder. La gran victoria de correr un kilómetro más, rebelarse a las estadísticas, contra el parecer de los médicos, contra tu propia opinión. Sentir por un momento la certeza de que todo irá bien, de que nada ni nadie podrán con nosotros.

 

El mundo real

Más pronto que tarde, llegará el día de explicarle a mi hija que demasiadas veces el mundo no es como nuestro idílico microcosmos del parque. Que existen personas que no solucionan las diferencias dialogando, que la palabra es la única arma lícita en caso de conflicto, pero muchos prefieren el recurso rápido y desgraciadamente efectivo de la violencia. Que a veces tendrá la razón y perderá. Que a pesar de todo su existencia estará justificada si cumple la simple y difícil máxima de vivir en libertad y no dañar a los demás.el mundo real

Demasiado pronto la experiencia le mostrará que hay muchas formas de entender el mundo, el sentido de la vida, las relaciones con los demás. Espero que comprenda que todas son aceptables, si están basadas en el respeto. Ojalá halle el frágil equilibrio entre no usar la violencia y defenderse de las agresiones, sepa hacer el bien y evitar a las malas personas, que por desgracia las hay.

Espero que no flaquee al comprender que la vida no es justa. Que hacer lo correcto no equivale a triunfar, que hay quien no entiende el lenguaje de la bondad. Que hay personas que mueren vilmente a manos de otros y los asesinos son a veces jóvenes, casi niños como ella. Cuando algo así ocurre cerca de casa nos estremecemos ante el horror y la injusticia, pero también ante la realidad que espera a nuestros hijos, sólo de imaginar que puedan dar un mal paso, subir al coche equivocado, arruinar su vida y la de los demás.

Temo fracasar en el empeño de convencerla de que a pesar de todo hay que creer en las personas. Quisiera poder retrasar el tiempo, no haber escupido ante ella palabras llenas de odio de las que ahora me arrepiento. No haberla hecho testigo de mi rabia ante una muerte cruel e injusta, no haber engrosado, a mi pesar, el bando de los violentos, no haberle mostrado el lado menos poético de la vida, ese rincón oscuro que con resignación llamamos el mundo real.

Parar, jugar, vivir

La infancia se presupone una de las etapas más felices de la vida, muchos dirán que la mejor. Poderoso motivo es que cada mañana despiertas a un largo día con un único cometido: jugar. Así debería ser, para todos, durante un largo periodo, pero a veces la cosa no es tan fácil. En demasiados lugares el trabajo sustituye enseguida a los juegos, el objetivo diario se reduce a sobrevivir. En países de paz y opulencia escapamos durante un tiempo, pero demasiado pronto amenaza la realidad, lo que se entiende por ella. Un territorio gris en el que el tiempo contempla siempre un plazo, el movimiento un destino, el pensamiento un fin.

Desde el principio se impone la urgencia por crecer y el juego es una de las primeras pérdidas en una infancia cada vez más breve. La maravilla de jugar se evidencia al comprobar que ya no eres capaz de hacerlo, pero en lo más profundo quedan los recuerdos de un solar lleno de tesoros, el carro de muñecas que viajaba por el mundo, los esperados jueves con la amiga del alma. Entonces era fácil convertirse en heroínas de película, dar vida a muñecos de plástico, escalar montañas tumbados en el suelo del pasillo; hoy cuesta encontrar los caminos que conducen a territorios imaginarios.

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Y sin embargo están ahí cerca, aunque muchos ya no podamos verlo. Lo saben mi hija y sus pequeños amigos del parque, todos los niños antes de que la realidad se empeñe en cambiarles el rumbo. Frágil es el espacio del juego por el juego, de las cosas porque sí; rápido vuelan los tiempos en los que apreciamos de verdad las cosas importantes de la vida: amasar arena, esconderse entre los árboles, pisar los charcos, cantar, reír, a ratos llorar. Parar, jugar, vivir… y volver a empezar.

 

 

 

Corrientes

Están las personas a las que les gusta que les rasquen la espalda y las que no. Detalles así de triviales denotan un modo de entender la vida nada sofisticado, primitivo incluso. Para los que disfrutan con estas cosas la felicidad tiene poco que ver con lo espiritual, o sí, según se mire.

Desconozco todavía a qué bando pertenece Inés, aunque mis tentativas para dormirla con este método resultaron ayer infructuosas. Por intentarlo que no quede; la cuestión es si en esto, como en otras cosas, la afición nace o se hace. Ando reflexionando sobre la huella que imprimen las cosas que suceden en la infancia, por eso camino con pies de plomo, para no dejar mucho barro en el camino de la aprendiz que me ha sido encomendada. Sueño con que sea libre, valiente y leal, una buena persona, a ser posible feliz. Ambiciosas aspiraciones que tropiezan cada día con nuestras torpezas, prejuicios y miedos transmitidos sin querer pero sin remedio.

A mi pesar, nuestra realidad anda lejos de grandes ideales, pero me consuela creer que no son tan necesarios. En situaciones extremas lo esencial se revela en lo más sencillo, sensaciones de una infancia nunca perdida que vuelven para aliviar los momentos más duros: la mano que te rasca la espalda, el olor de las flores de almendro. La enferma de ébola que sobrevive de milagro sólo anhelaba en su delirio el agua de los manantiales de su pueblo. Oír sus palabras en la televisión me trae el doloroso recuerdo de mi padre, que en sus últimos días soñaba también con volver a beber de un pozo al que ya no pudo llevarnos. Dos corrientes con un mismo origen: la niñez como escudo frente a la amenaza de la muerte.

 

 

Rasgos atávicos

Ya he contado aquí que Inés tiene los ojos azules. El detalle carece de interés, pero es lo que más sorprende a los que la ven, que suelen terminar pidiendo explicaciones. En la familia más cercana predomina el marrón en sus distintas tonalidades y hay que remontarse a los bisabuelos de la criatura para hallar precedentes. No conocí al abuelo Dionisio, del que apenas sé nada aparte de que tenía ojos claros y fuerte carácter. Esto último parece haberlo heredado gran parte de sus hijos; el color de sus ojos, hasta ahora, solamente su tercer vástago, casualmente llamado como él y un año mayor que mi padre.

En la familia paterna sucede algo parecido. También el bisabuelo Antonio tenía unos ojos azules clarísimos que apenas han aparecido en las generaciones posteriores. Desconozco si tenía buen carácter, si fue feliz en su vida. Todo eso pertenece a un pasado casi imposible de recuperar.

No es raro que caracteres físicos de una persona reaparezcan varias generaciones después. Los llaman rasgos atávicos, y además de cómo suena la palabra me gusta la idea de que contengamos sin saberlo la esencia de personas que tuvieron su tiempo en el mundo, vidas más o menos felices con sus errores y aciertos. No llegaremos a conocer la mayoría de sus avatares, y en algunos casos será mejor así.

Me pregunto si, igual que de vez en cuando reaparecen por sorpresa los ojos del bisabuelo, regresan de algún modo las acciones de nuestros antepasados. Si nuestras vidas y lo que sucede con ellas son resultado de existencias anteriores igual que nuestra cara resume de forma más o menos acertada la de los que nos precedieron.

Veo en el informativo que ha reaparecido parte de un retablo del siglo XV procedente del pueblo de mi madre. Durante casi ochenta años se creyó que fue quemado por los anarquistas. Me asalta un extraño alivio: mi abuelo materno fue uno de esos anarquistas a los que se atribuyeron este y otros delitos mucho más graves. El tiempo demuestra ahora que el retablo no fue pasto de las llamas en 1936. Me gustaría creer que tampoco ocurrieron otras cosas que algunos todavía recuerdan. Nunca podré preguntarle al abuelo Santiago si tuvo algo que ver en que esa obra de arte sobreviviera para que hoy la contemplen los ojos azules de su bisnieta.

Empujar el carro

Si hay algo que me desarma es ver a un abuelo jugando con su nieto. Ya sé que ahora los abuelos son esos seres explotados, o directamente esclavizados, que sacan fuerzas de flaqueza para suplir a unos padres encadenados a jornadas laborales interminables. Como últimamente vivo en un mundo paralelo, elijo la imagen idílica en la que ambos protagonistas son felices. Creo además que ambos extremos se atraen, y sé que no descubro nada pero me gusta decirlo, y sobre todo verlo.

Soy feliz cuando Inés lo da todo con su abuelo Antonio, que con ella se olvida de que las piernas le fallan y su corazón necesita un arreglo con urgencia. Me emocioné cuando, por primera vez en ocho meses, oí a mi madre reír a carcajadas al verla bailar por primera vez. Desde entonces, la cría se arranca sin dudar cuando oye cualquier cosa que le suene a música. Quiero que los cuatro, también mi padre aunque ya no esté, dejen una huella importante en su vida; también deseo que Inés aligere sus dolores, la falta de fuerzas, la certeza de que el fin está, ahora sí, demasiado cerca.

Hoy al volver a casa nos hemos encontrado con María, una compañera de trabajo que cuida de sus padres: él enfermo de alzhéimer, ella en silla de ruedas por una lesión de columna. A veces nos cruzamos, empujando nuestros respectivos carros, y nos saludamos. Hoy hemos parado un momento y hemos hablado del tiempo, de este verano raro que parece no acabar. Tras unos minutos de reconocimiento, Inés les ha señalado con el dedo, ha cogido sus manos, ha jugado con el sombrero del padre, que luego se lo ha puesto del revés ganándose una bronca cariñosa. He deseado que este rato haya hecho su mañana un poco más feliz, y sobre todo que María tenga fuerzas para seguir empujando el carro, ahora que la vida parece ponerla al límite de sus fuerzas.