Remordimientos

remordimientosA la hora de dormir no hay mejor almohada que una conciencia tranquila. Desconozco quién lo dijo por primera vez, pero muchos, entre los que me incluyo, lo suscribimos plenamente. Quizá no sea el motivo más espiritual para tratar de ser buena persona, pero lo cierto es que pocas cosas roban más el sueño que los remordimientos, esa amarga sensación de haber hecho mal las cosas, el deseo imposible de retroceder en el tiempo y cambiar nuestras palabras y acciones, incluso borrarlas del mapa como si nunca hubiesen existido.

Desde que Inés nació, mi colchón se convierte muchas noches en una cama de pinchos. Conocía los despertares súbitos por alguna preocupación, fantasmas enormes en la madrugada oscura que con la luz del día solían disiparse. Podría decirse que lo de ahora es más sutil, una punzada constante que activa un dolor hasta hoy desconocido: el de sentir que te has equivocado en tu proceder con tu hija y no será la última vez.

Dicen que con la llegada de un niño, antes incluso, se acaban las noches plácidas y sin tribulaciones. Que crezca fuerte y sano, tenga una vida feliz, no haga daño a a los demás ni a sí mismo, parecen metas lo suficientemente ambiciosas como para robar el sueño a cualquiera. En mi propio camino erré mil veces; no parece la mejor garantía para ser una buena acompañante. Quizá de ahí venga el resquemor, por los fallos que ya cometí y los que seguro iré acumulando.

Incluso teniendo los mejores padres, muchos recordamos un día en el que su paciencia falló y dijeron o hicieron algo de lo que luego se arrepintieron. Un momento en el que pagaron con quien no debían su cansancio, sus miedos o sus propias frustraciones. Un castigo injusto, el uso de la violencia, ese ‘ya no te quiero’ que quedaron grabados para siempre.

 

 

 

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Hermanos

La certeza de que algo no va a suceder genera a veces cierta tranquilidad. Se acabó el perder horas de sueño o robar tiempo a otras cuestiones deshojando la margarita de posibilidades negadas de partida. Pero la mente tiene su parte libre e irracional y a veces le gusta jugar a los imposibles, o maquina por su cuenta lo que hubiera sucedido si un día hubiésemos dado un paso más, o dos de menos, quién sabe.

Por varias razones, una de nuestras certezas es que Inés no tendrá hermanos, algo que, dicho así, suena casi a castigo, a privación de uno de los mejores regalos de la vida. Y más cuando lo has vivido en carne propia, cuando ves que las mamás de los amiguitos de Inés esperan el segundo o te asaltan a traición los carteles con fotos de familias que anuncian viviendas, coches o vacaciones a paraísos artificiales. Papá, mamá, el niño y la niña son más o menos rubios, pero siempre sonríen desde un mundo ideal ante el que otras alternativas parecen copias imperfectas.

La certeza de que algo no va a suceder da alas a la imaginación y envalentona al deseo. En mi retrato ideal no aparece un hermano, sino dos, en una casa llena de movimiento, risas y lloros, alegría y caos. La ambición no tiene límites y siempre pide más, no se da por satisfecha aunque el primer logro pareciera un día un hito suficiente y casi inalcanzable.

hermanos

Como tantas situaciones de la vida, espero que ser hijo único no sea bueno ni malo en sí mismo. Muchos que lo son admiten que echaron de menos al hermano ausente, alguien con quien compartir el amor y las expectativas de los padres; otros dicen no haber añorado nunca lo que nunca tuvieron. Los hay, como yo, que sienten en su hermano, en su hermana, una parte de sí mismos, pero también los que en una familia numerosa se sintieron solos, los que encontraron en un amigo a ese hermano que la vida les negó, o al que estando les abandonó. Algunos hermanos lo son hasta la muerte, otros se separaron y agotaron sus días sin hablar, y es que la familia ideal sólo existe en las promociones de Eurodisney, pero ni nosotros somos modelos ni la vida se parece a un parque temático.

Ser mayor

No recuerdo en qué momento uno deja de ansiar ser mayor para querer detener el tiempo, incluso retrasar algunos años, puestos a pedir. Como tantas cosas, depende del grado de optimismo de cada cual. Los que no andamos sobrados nos recordamos a nosotros mismos quejándonos de ‘no ser ya tan jóvenes’ recién cumplidos los veinte, para burla y escándalo de los que pasaban de cuarenta, de nosotros mismos, sólo dos décadas después.

La relatividad del tiempo es una verdad cotidiana, de esas que todos constatamos sin necesidad de experimentos ni sesudos razonamientos. Está en la sorpresa al escuchar a nuestra abuela referirse a sus amigas octogenarias como ‘las chicas’, y en la misma reacción ante la negativa de nuestro hijo a caminar de nuestra mano porque ‘ya es mayor’. Pero hombre… ¡Si no tienes ni tres años! Temprana es la urgencia por abandonar la infancia, por perder la inocencia, por quemar etapas. Algo parece arrastrarnos desde los primeros momentos a una absurda prisa por vivir.

La fiebre termina al comprobar un día que nos queda poco fuego, que ya ardió buena parte de la mecha que creímos inagotable. Pero esto, como tantas cosas, es necesario sentirlo para creerlo. De nada serviría advertirle a una niña sobre un mañana que se pierde en el tiempo, inmersa como está en un hoy interminable.

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La repentina obsesión de mi hija por desertar del bando de ‘los pequeños’ no es casual. Pensándolo un poco, todo alecciona a los niños para que renieguen de su infancia: la premura para que hablen, aprendan a entretenerse, para que caminen solos, en todos los sentidos. Yo misma, hablándole de ‘los niños mayores’ que comen de todo, no toman teta y ya no usan pañal.

Demasiadas voces, dentro y fuera de casa, nos instan a crecer a marchas forzadas para ser los primeros, para aprovechar el tiempo cambiando el tiempo de juego por interminables deberes, para competir. Por eso resulta un consuelo saber que hay niños que también se resisten a cumplir años, como si algo en su interior se aferrara al paraíso de la infancia. Quizá por eso me gusta tanto que Inés, vencida por el cansancio, me pida que la lleve a la cama en brazos mientras me dice bajito: ‘Soy un bebé’.

 

Decisiones

¿Cómo te gustaría que fuese tu hijo de mayor? La pregunta suena casi inocente, de esas que se hacen por pasar un rato, por el mero placer de imaginar. La cosa cambia cuando uno toma conciencia de que en buena medida ese adulto futuro se forjará a partir de decisiones que, para bien o para mal, tendremos que tomar por él. Los que dudamos hasta para elegir el color del cepillo de dientes nos enfrentamos aquí a una misión que se antoja casi imposible y con un punto inquietante: plantar los cimientos del proyecto más importante de nuestra vida.

Uno de los primeros momentos críticos suele presentarse al elegir el colegio que será, literalmente, la segunda casa de nuestros hijos. Algunos, afortunados ellos, lo tienen claro desde el principio; otros, sin saber cómo, se ven por un tiempo inmersos en una espiral de dudas que parece no tener fin. Llega entonces la peregrinación por los centros, las preguntas a conocidos y desconocidos, la preocupación por los datos académicos, por el respeto al ser humano y sus valores. De repente nos urge conocer a los que le acompañarán en ese lugar en el que nosotros no estaremos: sus maestros, los compañeros de clase, los amigos con los que vivirá las primeras aventuras de la vida.

Y en medio de tanta reflexión, uno se ve retratado tal cual es, con sus miedos y prejuicios, incómodo ante un futuro necesariamente incierto, con la absurda pretensión de controlar todos los factores. Llega entonces el momento de examinar las convicciones más íntimas: qué sociedad deseamos, a qué mundo aspiramos, en qué principios creemos. La respuesta no parece difícil cuando nos despojamos de dudas y contradicciones, aunque cuesta lo suyo reconocer temores, verdades a medias, los “por si acaso”, los “sí, pero…”.

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¿Cómo me gustaría que fuese mi hija de mayor? Supongo que en la respuesta está la clave de muchas preguntas presentes y futuras, algunas bases sólidas para que las decisiones dejen de ser un mal necesario y se transformen en pasos seguros hacia la evolución, el crecimiento, la independencia.

 

 

 

Imposible

Había una vez unos locos que ignoraban que su objetivo era imposible, así que lo lograron. Entre los que sí lo sabían, seguramente muchos se echaron las manos a la cabeza y siguieron asegurando, sin importarles la evidencia, que aquello no podía ser. Así vivimos muchos humanos, cómodamente anclados a nuestras limitaciones y molestos cuando alguien demuestra ante nuestras narices que no son reales.

En la lista de taras que intento no transmitirle a mi hija figura en lugar destacado la tendencia a adelantarme a los acontecimientos convencida de que la cosa es inviable, no merece la pena o todo va a salir mal. En su corta vida, Inés ha rebatido innumerables veces mi teoría, reafirmando que nada hay tan atrevido como la ignorancia, en este caso para bien. Su propia llegada barrió un buen montón de noes y miedos que demostraron ser falsos, y de paso las excusas para limitarse a seguir la corriente de la vida sin plantearse alternativas. Su tenacidad infantil me demuestra cada día el error de dejarse avasallar por esa peligrosa mezcla de costumbre, comodidad y cobardía. Es difícil salir lastimado si ni siquiera lo intentas.

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Comprobar que lo imposible está más lejos de lo que creías supone avanzar un paso para ser libre. Superar la enfermedad que pudo vencernos, cortar con circunstancias y personas que nos hacen infelices, arriesgarse a perder. La gran victoria de correr un kilómetro más, rebelarse a las estadísticas, contra el parecer de los médicos, contra tu propia opinión. Sentir por un momento la certeza de que todo irá bien, de que nada ni nadie podrán con nosotros.

 

El mundo real

Más pronto que tarde, llegará el día de explicarle a mi hija que demasiadas veces el mundo no es como nuestro idílico microcosmos del parque. Que existen personas que no solucionan las diferencias dialogando, que la palabra es la única arma lícita en caso de conflicto, pero muchos prefieren el recurso rápido y desgraciadamente efectivo de la violencia. Que a veces tendrá la razón y perderá. Que a pesar de todo su existencia estará justificada si cumple la simple y difícil máxima de vivir en libertad y no dañar a los demás.el mundo real

Demasiado pronto la experiencia le mostrará que hay muchas formas de entender el mundo, el sentido de la vida, las relaciones con los demás. Espero que comprenda que todas son aceptables, si están basadas en el respeto. Ojalá halle el frágil equilibrio entre no usar la violencia y defenderse de las agresiones, sepa hacer el bien y evitar a las malas personas, que por desgracia las hay.

Espero que no flaquee al comprender que la vida no es justa. Que hacer lo correcto no equivale a triunfar, que hay quien no entiende el lenguaje de la bondad. Que hay personas que mueren vilmente a manos de otros y los asesinos son a veces jóvenes, casi niños como ella. Cuando algo así ocurre cerca de casa nos estremecemos ante el horror y la injusticia, pero también ante la realidad que espera a nuestros hijos, sólo de imaginar que puedan dar un mal paso, subir al coche equivocado, arruinar su vida y la de los demás.

Temo fracasar en el empeño de convencerla de que a pesar de todo hay que creer en las personas. Quisiera poder retrasar el tiempo, no haber escupido ante ella palabras llenas de odio de las que ahora me arrepiento. No haberla hecho testigo de mi rabia ante una muerte cruel e injusta, no haber engrosado, a mi pesar, el bando de los violentos, no haberle mostrado el lado menos poético de la vida, ese rincón oscuro que con resignación llamamos el mundo real.

Mañana

Una de las maravillas de la infancia es la capacidad de actuar sin pensar en el mañana, ni siquiera en el luego, en el más tarde.Por alguna extraña razón, muchos adultos boicoteamos nuestra propia vida con preocupaciones casi siempre absurdas. No pisamos un charco por no resfriarnos, regresamos a casa a por el móvil olvidado por si acaso, tomamos la cuarta copa con culpabilidad anticipando la resaca de mañana, evitamos a esa mujer, a ese hombre, cuando una alarma interior nos alerta de que podríamos enamorarnos.

El mecanismo de ‘protección’ se va activando desde la infancia, de forma silenciosa, sin darnos cuenta. Pasada la mitad de la vida uno toma conciencia de que todo es efímero. Embellecidas por el tiempo, recuerda entonces noches que acababan en días, conversaciones eternas, cuando ‘mañana’ era una amenaza que sonaba ajena y siempre lejana en el tiempo, la sensación de vivir momentos únicos, emociones que antes nadie conoció. Detalles insignificantes que hacen especial nuestra existencia, que atemperan la angustia ante lo absurdo de la vida.

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Uno querría ahora saber dar marcha atrás, y no me refiero al tiempo, (que también) sino a ese mecanismo traidor que reprime los sentimientos y divide por la mitad la belleza de los días. Desprenderse del miedo ante los problemas, de la inquietud agorera que alerta de un futuro incierto cuando se prolongan las etapas de placidez. Quizá alguien lo consiga, yo hasta ahora no he sido capaz. Por eso agradezco a mi hija y al resto de niños que con ella han llegado a mi vida su lección cotidiana sobre el tiempo, conjugado siempre en presente. Sin miedo a sentir, ni a los pies mojados ni a los reveses del destino; sin mañana.