¿Y por qué no?

Mi abuela y casi todas las abuelas que conozco dijeron alguna vez eso de: “Quién tuviera tu edad, pero sabiendo lo que sé ahora!”. En su día no comprendí bien lo que significaba, pero la frase siempre me gustó, como aquella otra de: “Podría ser tu madre”. A día de hoy tengo la edad suficiente para decir ambas cosas, pero por alguna razón ya no me suenan tan bien.

Cuando eres joven, uno de los anhelos más urgentes es la experiencia. No reparas en que adquirir el conocimiento supone pagar a cambio el precio de la juventud. Notas un día que te queda poca inocencia y los años han pasado sin sentir. Puedes entonces valorar lo que sabes o lamentar el paso del tiempo, ambas cosas a ratos, quizá las dos a la vez. También puede ser el momento de replantearse la vida, superar antiguos miedos y crecer. Demostrar que sí es cierto que la existencia no pasa en vano y a veces nos hace más fuertes, más libres, incluso más bellos.

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Pocos límites parecen más difíciles de superar que los que uno mismo se marca. El miedo a hablar en público, a abandonar la seguridad de un trabajo por una ilusión incierta, a amar y sentir libremente, a los propios prejuicios. Nada más motivador que la historia cercana de personas que un día vieron cortado el camino y supieron dar el salto. El pequeño y poderoso triunfo que entraña enfrentarse por fin a un micrófono, apuntarse a ese viaje, atreverse a correr una media maratón. Querer ser quien eres, por encima de la sabiduría y los años; decir un día: ‘Podría ser tu madre y me da igual’. Pocos ejemplos de sabiduría como derribar los mayores obstáculos armados con la pregunta más simple: ¿Y por qué no?

 

 

 

 

 

Primeras veces

Peñis

Cuando valoramos la magia de las primeras veces suele ser demasiado tarde. La lucidez llega tras pasar sin encajar del todo por las distintas etapas como jóvenes envejecidos, treintañeros desubicados y cuarentones adolescentes. A veces, la vida es generosa y decide regalarte una segunda oportunidad.  No para enmendar los errores -ya sería demasiado- pero sí para reconciliarte de una vez con el presente, para valorar en su medida una existencia que, hasta que se demuestre lo contrario, es sólo una, y siempre demasiado breve.

Una vez más, Inés ha propiciado el cambio de visión. Seguramente su llegada coincidió con ese momento que llamamos madurez en el que las cosas cobran por fin sentido, aunque en cualquier caso lo hubiese llenado todo con sus enormes ganas de vivir. Esa pasión de las primeras veces que seguro que yo también tuve y un día me abandonó, o decidí apartar por algún motivo como algo molesto, ingrato, casi vergonzoso. El primer baño en la playa, el helado de nata que se escurre entre los dedos, los castillos de arena, las mil sorpresas del teatro de guiñol.

En este verano lleno de primeras veces, para ella y para nosotros, pienso en la ilusión perdida y hallada, en la pureza maravillosa de una vida por estrenar, en el regalo inesperado de revivir la emoción de ver el mar por vez primera.

Mientras espero que mi hija despierte un día más, ávida de nuevas emociones, deseo que no se extinga su ilusión inagotable por la vida, que nos siga enseñando a apreciar los grandes milagros de cada día: la luna y las estrellas, las olas interminables, y el sonido que prefiero a todos: su risa.

Buenos y tontos

Un hombre subió a su hijo de tres años a una mesa, lo animó a saltar y dejó que se golpeara contra el suelo. “Así aprenderás a no fiarte ni de tu padre”, parece que le dijo mientras el crío lloraba. Cuando hace años me contaron esta historia, pensé que el tipo era un bruto sin más; hoy los apelativos serían más fuertes. La idea de hacer daño a un niño me resulta inconcebible, por sabia que sea la enseñanza.

Por fortuna los métodos educativos evolucionan, aunque algunos errores y temores sobreviven al paso de los tiempos. Uno de ellos es cómo hacer de nuestros hijos unas buenas personas sin dejarlos indefensos ante los peligros de la vida. La idea de que hay una fina línea entre buenos y tontos sigue vigente. La bondad es una virtud que se administra con prudencia y de la que pocas veces se presume.

Desde que Inés comenzó a interactuar torpemente con el mundo, no he dejado de aleccionarla con mensajes como tratar con cariño a los demás, respetar los juguetes de los otros, no pegar; pero no sé qué aconsejarle si es ella la víctima. He escuchado a muchas madres con dudas similares: educar a los niños en la paz, y al mismo tiempo enseñarles a plantar cara ante situaciones y personas que les agreden.

Supongo que todo lo afrontaremos con la mejor voluntad y sobre la marcha. Pero como norma de vida, quizá una de las más efectivas sea rodearse de buenas personas. Suena a obviedad y seguramente lo es, pero algunos tardamos muchos años en aprender la lección. La atracción por los que nos hacen daño tendrá una explicación que desconozco; sí puedo decir que el resultado es una vida mucho menos feliz.

La llegada de Inés ha afianzado los valores de forma definitiva. Nunca antes había deseado tanto que la existencia fuera un remanso de paz. No parece que vayan por ahí los tiempos, pero al menos haremos lo posible para disfrutar al máximo de un viaje en el que los sobresaltos parecerán más leves si al lado tenemos buenos compañeros.

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Papeles cambiados

A los dos días de nacer mi hija, la pediatra del hospital entró en la habitación y preguntó por la mamá de Inés. En tres o cuatro segundos nadie dijo nada, hasta que la madre de la otra parturienta me señaló y empezó a reírse. Tras este lapsus, viré en un solo segundo de la sorpresa a la preocupación, pasando por cierta extrañeza y hasta un poco de vergüenza. Volví a constatar entonces mi lentitud de reflejos, pero también que a veces no resulta fácil interpretar nuevos papeles, aunque sean plenamente deseados.

Desde ese día he pensado mucho en los roles que asumimos a lo largo de nuestra vida, como eternos secundarios a la espera del deseado protagonista. Al principio parece que basta con estar, pero sin saber muy bien cómo, un día no queda otra que dar un paso adelante y tomar parte activa en la representación.

En algunos momentos resulta difícil saber quiénes somos en realidad. Ojalá la suma de nuestras vidas anteriores, quedándonos sólo con lo mejor de cada una. Hace poco coincidí con una famosa escritora que fue mi vecina en la infancia; su voz me devolvió al instante la imagen de aquella adolescente de pelo rizado que hace treinta años ya volaba alto. A lo mejor no cambiamos tanto, después de todo.papeles cambiados

Una madre del parque me pregunta mi nombre. Tras varios meses coincidiendo todos los días, dice que le da apuro seguir dirigiéndose a mí como ‘la mamá de Inés’. Aunque represento el papel con dedicación y entrega, vuelvo a sentir la extraña sensación de no ser yo en realidad. Quizá sigo sin saberme bien mis frases, o a lo mejor me cuesta creer que a veces la vida es generosa y te concede lo que tanto deseas.

Felices errores

Ser testigo privilegiado de una vida que empieza puede convertirse en la mejor excusa para revisar los propios pasos. Una de las primeras conclusiones es que en esto de las relaciones humanas nunca dejamos de aprender, o dicho de otro modo, no paramos de cometer errores. Alguien que acaba de reconducir su vida me dice que, por suerte, los suyos fueron tan grandes que un día no quedó más opción que frenar de golpe y cambiar de rumbo. No se me había ocurrido pensar que, a medio plazo, el remedio puede ser más rápido cuando el problema es mayor.

Hablando de soluciones, frecuentemente olvidamos una máxima que no por repetida es menos cierta: no dejarse paralizar por los problemas que la tienen, y tampoco por los que no. La idea resulta esperanzadora, pero obliga a pelear sin descanso; son pocas las cosas que no pueden cambiarse si uno se empeña, y aun en casos perdidos hay que luchar hasta el final.

Pienso en las veces que tiramos la toalla sin ni siquiera probar: decenas, cientos, quizá miles. Las personas que desaparecen de la vida, o no llegan a entrar porque no sabemos ganarnos los afectos, o las actitudes contra las que predicamos y en secreto mantenemos. Mucho se habla de cómo educar a los niños, quizá la tarea debiera comenzar por los propios adultos, que andamos tantas veces a ciegas por el camino de los sentimientos.felices errores

Dicen que no se aprende de los errores de otros, y menos de los de tus padres. Seguramente sea cierto, pero quisiera creer que no hay caminos únicos y crisis inevitables. Las rabietas infantiles, la adolescencia rebelde, el afán por consumir, todos los peligros ante los que a veces creemos que nada se puede hacer salvo echarle paciencia y encomendarse a la suerte. Inés parte de cero para elegir su camino, pero yo puedo recurrir a mis fracasos para intentar ofrecerle alternativas; con un poco de suerte, quizá mis fallos puedan hacer su vida más feliz.

Imaginaciones mías

dibujo luciaA veces las cosas se parecen poco a lo que habíamos maquinado. La imaginación es un arma poderosa pero imperfecta, o será simplemente que al destino le gusta llevar la contraria, y entre las opciones posibles se decanta a veces por la menos probable.

Todos hemos fantaseado con cómo seríamos a los cuarenta años cuando teníamos veinte. O a los dieciocho cuando teníamos seis. En tercero de párvulos, una monja nos invitó a apuntar nuestro nombre en un papel si queríamos seguir sus pasos. Todas lo hicimos… menos una. De mayor sería enfermera.

A día de hoy puedo asegurar, con poco margen de error, que ninguna de aquellas vocaciones precoces se materializó, y que la enfermera trabaja en el área de hipotecas de un banco. Reconozco que me costó desprenderme de cierta sensación de culpabilidad, como de haber incumplido un pacto, al saber que yo tampoco tomaría los hábitos.

Fue mi primera prueba de que planear el futuro tiene sólo valor orientativo, En lo referente a Inés llevo pocos aciertos, y eso que me sobró el tiempo para pensarla, soñarla, dibujarla incluso. Yo no lo hice, pero sí su prima Lucía, que con maravillosa imaginación infantil trazó su primer retrato cuando era sólo un proyecto sin cara ni nombre. Conservo este papel como un tesoro porque quiero mucho a su autora, pero también porque representa ilusiones, deseos, y sobre todo muchas incógnitas. Tampoco mi hija acabó llamándose como Lucía aventuraba, aunque juraría que cuando nació era clavadita a su retrato.

Hoy Inés tiene nombre y cara, y espero que un futuro largo y feliz. No lo veré hasta el final, pero juego a imaginarlo mientras vamos y venimos del parque. Al salir el otro día creí ver a la hermana Victoria, con el mismo perfil afilado que recordaba, pero mucho más pequeña. Nos miró y en su cara apareció una sonrisa a medias, como si me perdonara por haber faltado a mi promesa. Esto último no podría jurarlo; quizá sean sólo imaginaciones mías.

A medias

Excepto a la hora de pagar, y no siempre, estar ‘a medias’ no suele ser buena cosa. Hablo de la vida en general, del temor de estar perdiéndose algo. Como soy de reacciones lentas, siempre me percato cuando la cosa lleva bastante tiempo instalándose, así a traición. Como un silencioso okupa que traslada poco a poco sus pertenencias y un buen día hallas acomodado en el sofá, un día sucede lo que juraste que a ti jamás te pasaría. Una nebulosa extraña lo invade todo, resta intensidad a la existencia, todo funciona como a medio gas.

No se salva ni lo que sabes fundamental. Es la impotencia porque los días son demasiado cortos, pero no sólo eso. Es también la impresión, la certeza casi, de vivir sólo en parte cada momento. Culpabilidad cuando Inés no me deja marchar y mi mente huye hacia el futuro inmediato; impotencia cuando el pensamiento añora después ese abrazo en medio de cualquier cosa. El deseo de exprimir los pocos momentos de paz y alegría que la vida regala, la imposibilidad de hacerlo al cien por cien, porque algo siempre apremia. Saber de sobra qué es lo importante y vivir de espaldas a ello.

Por si no estuviera claro, la vida envía mensajes de aviso. Una valla que el viento derriba a pocos centímetros y no te cae encima de milagro; un coche que invade el carril contrario y vuelve a su lugar en el último momento. A veces decide ser menos sutil, un acontecimiento brutal vuelve a advertirte de que cuando menos lo esperas, todo puede estrellarse. Con los años, el mensaje va calando, pero a pesar de todo creo que sigo dejándome lo mejor en el camino. Quizá no sé vivir de otro modo; seguramente un día me arrepienta.a medias