La vida de antes

¿Cuánto tiempo pasó desde que fuiste madre hasta que deseaste, necesitaste incluso, recuperar cosas de tu antigua vida, retomar viejos hábitos, amigos queridos, espacios de soledad? Digamos que un día, ni pronto ni tarde, reparas en que es viernes, justo la hora a la que tus amigas quedan para esa cerveza que por un misterioso motivo siempre sabe mejor fuera de casa. Supongamos que los astros se alinean en forma de dos horas libres, que las ganas vencen a la pereza. Pongamos que vas.

la vida de antes

Sin saber cómo, junto al pequeño y poderoso ser que centra tu vida se hacen sitio a codazos el trabajo y la familia, libros casi furtivos leídos por entregas, ratos de estudio a horas intempestivas, charlas y risas en buena compañía. Momentos de asueto entre el placer y la culpa, descontando minutos entre miradas al móvil. Tras una de estas escapadas, corres a casa vaticinando el desastre y el pequeño ser y su papá te ignoran mientras siguen jugando en la cama y ríen como locos.

Descubres que amar no equivale siempre a renunciar, que el tiempo de para mucho si te organizas bien, que a veces es bueno separarse para reencontrarse con más ganas, que San Preciso se murió. Y a pesar de todo, el anhelo de un tiempo propio se plantea a veces a media voz, con cierto apuro y no poca culpabilidad. Las aspiraciones se convierten aquí en terreno escabroso, para nosotras mismas, más que para nadie.

Como en tantas cosas, también aquí es peligroso generalizar. Habrá quien diga que nunca tuvo la necesidad, quien no sienta haber dejado nada por el camino, quien también en este terreno logre el milagro de conciliar. Para el resto, queda el reto cotidiano de llegar y disfrutarlo todo, intentar ser más felices y que los nuestros también lo sean, vivir todas las facetas con alegría y sin reproches. El próximo viernes no me lo pierdo.

 

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Hermanos

La certeza de que algo no va a suceder genera a veces cierta tranquilidad. Se acabó el perder horas de sueño o robar tiempo a otras cuestiones deshojando la margarita de posibilidades negadas de partida. Pero la mente tiene su parte libre e irracional y a veces le gusta jugar a los imposibles, o maquina por su cuenta lo que hubiera sucedido si un día hubiésemos dado un paso más, o dos de menos, quién sabe.

Por varias razones, una de nuestras certezas es que Inés no tendrá hermanos, algo que, dicho así, suena casi a castigo, a privación de uno de los mejores regalos de la vida. Y más cuando lo has vivido en carne propia, cuando ves que las mamás de los amiguitos de Inés esperan el segundo o te asaltan a traición los carteles con fotos de familias que anuncian viviendas, coches o vacaciones a paraísos artificiales. Papá, mamá, el niño y la niña son más o menos rubios, pero siempre sonríen desde un mundo ideal ante el que otras alternativas parecen copias imperfectas.

La certeza de que algo no va a suceder da alas a la imaginación y envalentona al deseo. En mi retrato ideal no aparece un hermano, sino dos, en una casa llena de movimiento, risas y lloros, alegría y caos. La ambición no tiene límites y siempre pide más, no se da por satisfecha aunque el primer logro pareciera un día un hito suficiente y casi inalcanzable.

hermanos

Como tantas situaciones de la vida, espero que ser hijo único no sea bueno ni malo en sí mismo. Muchos que lo son admiten que echaron de menos al hermano ausente, alguien con quien compartir el amor y las expectativas de los padres; otros dicen no haber añorado nunca lo que nunca tuvieron. Los hay, como yo, que sienten en su hermano, en su hermana, una parte de sí mismos, pero también los que en una familia numerosa se sintieron solos, los que encontraron en un amigo a ese hermano que la vida les negó, o al que estando les abandonó. Algunos hermanos lo son hasta la muerte, otros se separaron y agotaron sus días sin hablar, y es que la familia ideal sólo existe en las promociones de Eurodisney, pero ni nosotros somos modelos ni la vida se parece a un parque temático.

La tribu

El camino de la crianza se recorre muchas veces en soledad. Dicen que el concepto de familia es cada vez más restrictivo y vivimos en creciente aislamiento. Los hijos llegan a cuentagotas y a veces tarde, cuando los abuelos están más para recibir cuidados que para ofrecerlos y los críos de los amigos ya corren solos o incluso volaron. Inés hizo cierto eso de que llegan con un pan bajo el brazo, lo que en su caso no tuvo que ver con el dinero, sino con los afectos. Gracias a ella y a niños que nacieron poco antes o después conocí a sus madres, mujeres estupendas con las que de otro modo no habría cruzado palabra. Hoy somos una pequeña tribu creada casi sin pensar, una de esas cosas buenas de la vida que llegan sin saber que las buscabas, ‘sin querer queriendo’.

Existen diferentes formas de criar. Voy descubriendo la mía en un mar de preguntas, dudas y errores con la única certeza de que quiero hacerlo bien y lucharé cada día por ello. Como en tantas cosas, la compañía hace la ruta más placentera en los buenos momentos y llevadera en los malos, que los hay y los habrá. La noción de ‘tribu’, que en otro tiempo vi tan ajena, toma sentido en las mañanas en el parque, en los encuentros del grupo de crianza, en planes llenos de ilusiones y descubrimientos. También en momentos de incertidumbre, ante emociones que nos desbordan, miedos y frustraciones que aprietan menos cuando se saben comunes.tribus

Mujeres con las que no sentirse rara por seguir durmiendo con tu hijo y dándole el pecho pasados los dos años, con las que celebrar cada paso adelante y repartir cariño mezclado con canciones e historias. La prole crece y el concepto de familia adquiere un nuevo significado: el maravilloso descubrimiento de que nuestros hijos son ya un poco de todas.