Ritmos

La convivencia a tiempo completo con un humano menor de tres años obliga a un continuo reajuste de tiempos, planes  y apetencias. Una de las cuestiones más costosas en la aventura diaria con Inés es comprender y aceptar sus ritmos, la felicidad pura de una vida sin patrones, objetivos ni proyectos de ningún tipo. Sé que en breve me arrepentiré de haber contaminado momentos irrepetibles con prisas, de no haber disfrutado aún más este paréntesis maravilloso que nos ha regalado la vida. Ya lo lamento, de hecho. A veces el error es tan flagrante que la culpa llega por adelantado.

Y es que ni los más pequeños se salvan de la maldita urgencia que imprimimos a una existencia ya de por sí fugaz. El pensamiento me ha asaltado varias veces en unos días en los que casi sin pausa vamos cerrando etapas. Adiós a los pañales, a las sesiones de música para bebés, a los miércoles en el grupo de crianza. Todo tiene sabor a adiós, o como poco a un ‘hasta luego’ incierto. Inés asiste a todo con ojos entre sorprendidos e ignorantes: sé que a su modo percibe que algo está pasando que alterará las plácidas rutinas, la alegre seguridad de pisar terreno conocido, el excéntrico lujo de vivir sin más.

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Siento cierta amargura al leer unos papeles sobre el periodo de adaptación al colegio. Con sinceridad encomiable nos advierten de la dureza de separarse de la familia, adaptarse a horarios, enfrentarse quizá por primera vez a lo desconocido; auguran posibles cambios de carácter, retrocesos educativos, sentimientos de abandono y soledad. La cara repetida hasta el infinito de mi niña me mira expectante desde uno de los folios; como buscando la respuesta que ninguna de las dos sabemos. La niña con trenzas de las fotos me resulta por un momento ajena. Serán los miedos que me nublan la vista, el vacío inconfesable ante la separación cada vez más próxima. Será que el futuro me anticipa el necesario viaje en busca de su lugar en el mundo. 

 

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Ahora o nunca

Desde que Inés nació, al menos dos veces al día oigo voces que me advierten de lo rápido que los niños crecen, de lo importante que es disfrutar de cada etapa, de esos momentos ‘que pasan y no vuelven’. La que habla no es mi conciencia; son familiares, amigos, vecinos, completos desconocidos. En pocas cuestiones vi nunca tanto acuerdo, tanta unanimidad de criterios.

La fugacidad del tiempo es un tópico antiguo como el mundo. Que los niños crecen tan rápido que cuando quieres enterarte ya no lo son es una de sus variantes más socorridas. Algunos llegamos avisados, con mucha vida malgastada entre etapas de letargo y carreras absurdas hacia ninguna parte. Los días por delante valen su peso en oro cuando uno tiene la sensación de haber llegado tarde a su propia vida, con deseos alcanzados in extremis y el ‘ahora o nunca’ grabado a fuego en la mente.

Hay quienes superan etapas y queman varias vidas, ahora o nuncaotros consumen casi todo su tiempo aprendiendo a vivir. Quizá todo forme parte del camino, de un juego de saltos de oca a oca y temporadas en el pozo. Avanzar más o menos rápido no detendrá el paso del tiempo, pero quizá yendo más lento uno pueda sentirse más dueño de su historia, de los pequeños y grandes acontecimientos, cada nueva palabra, el primer viaje en el autobús, el
paso lento de los patos. En resumidas cuentas: de la vida.

La vida de antes

¿Cuánto tiempo pasó desde que fuiste madre hasta que deseaste, necesitaste incluso, recuperar cosas de tu antigua vida, retomar viejos hábitos, amigos queridos, espacios de soledad? Digamos que un día, ni pronto ni tarde, reparas en que es viernes, justo la hora a la que tus amigas quedan para esa cerveza que por un misterioso motivo siempre sabe mejor fuera de casa. Supongamos que los astros se alinean en forma de dos horas libres, que las ganas vencen a la pereza. Pongamos que vas.

la vida de antes

Sin saber cómo, junto al pequeño y poderoso ser que centra tu vida se hacen sitio a codazos el trabajo y la familia, libros casi furtivos leídos por entregas, ratos de estudio a horas intempestivas, charlas y risas en buena compañía. Momentos de asueto entre el placer y la culpa, descontando minutos entre miradas al móvil. Tras una de estas escapadas, corres a casa vaticinando el desastre y el pequeño ser y su papá te ignoran mientras siguen jugando en la cama y ríen como locos.

Descubres que amar no equivale siempre a renunciar, que el tiempo de para mucho si te organizas bien, que a veces es bueno separarse para reencontrarse con más ganas, que San Preciso se murió. Y a pesar de todo, el anhelo de un tiempo propio se plantea a veces a media voz, con cierto apuro y no poca culpabilidad. Las aspiraciones se convierten aquí en terreno escabroso, para nosotras mismas, más que para nadie.

Como en tantas cosas, también aquí es peligroso generalizar. Habrá quien diga que nunca tuvo la necesidad, quien no sienta haber dejado nada por el camino, quien también en este terreno logre el milagro de conciliar. Para el resto, queda el reto cotidiano de llegar y disfrutarlo todo, intentar ser más felices y que los nuestros también lo sean, vivir todas las facetas con alegría y sin reproches. El próximo viernes no me lo pierdo.

 

Mañana

Una de las maravillas de la infancia es la capacidad de actuar sin pensar en el mañana, ni siquiera en el luego, en el más tarde.Por alguna extraña razón, muchos adultos boicoteamos nuestra propia vida con preocupaciones casi siempre absurdas. No pisamos un charco por no resfriarnos, regresamos a casa a por el móvil olvidado por si acaso, tomamos la cuarta copa con culpabilidad anticipando la resaca de mañana, evitamos a esa mujer, a ese hombre, cuando una alarma interior nos alerta de que podríamos enamorarnos.

El mecanismo de ‘protección’ se va activando desde la infancia, de forma silenciosa, sin darnos cuenta. Pasada la mitad de la vida uno toma conciencia de que todo es efímero. Embellecidas por el tiempo, recuerda entonces noches que acababan en días, conversaciones eternas, cuando ‘mañana’ era una amenaza que sonaba ajena y siempre lejana en el tiempo, la sensación de vivir momentos únicos, emociones que antes nadie conoció. Detalles insignificantes que hacen especial nuestra existencia, que atemperan la angustia ante lo absurdo de la vida.

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Uno querría ahora saber dar marcha atrás, y no me refiero al tiempo, (que también) sino a ese mecanismo traidor que reprime los sentimientos y divide por la mitad la belleza de los días. Desprenderse del miedo ante los problemas, de la inquietud agorera que alerta de un futuro incierto cuando se prolongan las etapas de placidez. Quizá alguien lo consiga, yo hasta ahora no he sido capaz. Por eso agradezco a mi hija y al resto de niños que con ella han llegado a mi vida su lección cotidiana sobre el tiempo, conjugado siempre en presente. Sin miedo a sentir, ni a los pies mojados ni a los reveses del destino; sin mañana.

 

 

Tallos verdes

Que las recias encinas fueron una vez frágiles tallos puede parecer increíble, casi tanto como que las arrugas de un centenario se fueron dibujando sobre la cara de un niño. Ayer nos encomendaron una pequeña carrasca -como llamamos a las encinas por aquí- para que crezca con Inés y ambas se hagan frondosas y fuertes. En ambos casos pondremos todo nuestro empeño, aunque ya nos advirtieron de que las carrascas no atienden mucho a razones. Pueden prosperar en terrenos duros, pero también languidecer en suelos favorables con los mejores cuidados: Han de encajar en el lugar, ya sea jardín soleado o ladera pedregosa. Como con las personas, a veces el éxito tiene que ver con factores que escapan al control del hortelano más esforzado.

tallos verdes

Durante un tiempo preservaremos a nuestra ‘carrasqueta’ de climas hostiles, agresiones externas y vientos fuertes. Su tronco será tierno aún cuando deje nuestra casa para vivir en campo abierto. Elegiremos un buen lugar, la cuidaremos y visitaremos con frecuencia, pero quizá todo esto no sea suficiente y un día sucumba a la sequía, los animales del campo, la acción del hombre, quién sabe qué.

En el mejor de los casos, su sombra cobijará a seres de un mañana que sólo Inés verá. Las encinas crecen más despacio que los humanos;  son, más que ellos, una inversión de futuro. También un vínculo con el pasado, con las generaciones anteriores, con mi padre y sus grandes enseñanzas nacidas siempre de la tierra. Solía decir que es fácil enderezar un árbol mientras es joven, pero cuando se endurece poco se puede hacer. Las palabras de los que amamos y ya no están adquieren pleno significado con el paso de un tiempo que no sabe de pasado y futuro y es sólo un continuo en el que todo se confunde: tallos verdes y recios, la lucha por llevar a buen puerto una nueva vida y el lento y seguro crecer de las carrascas.

 

 

La máquina del tiempo

Será espíritu navideño, pero en los últimos años desearía por estas fechas poner en marcha la máquina del tiempo. Llega diciembre con sensación de que algo se acaba, quizá por eso es tiempo de memorias, de extrañar a los que estuvieron cerca un día y se alejaron, o fuimos nosotros los que marchamos. Reparamos en que pasó casi un año desde el último mensaje, en que todavía sigue pendiente ese café, aquello que quería decirte y no recuerdo, presentarte a mi niña, conocer a tu hijo.

Por unos días creemos en serio que lo haremos. Volveremos a quedar en aquel bar de Malasaña, beberemos cerveza escuchando a los Pretenders y planearemos recorrer Colombia en autobús. Añoraremos las risas y los sueños de entonces, olvidaremos que pasaron dos décadas, jugaremos a ser por un rato dueños de nuestra vida. Buscaremos el cálido refugio de tiempos pasados, cuando las noches eran largas y el mañana siempre quedaba demasiado lejos.máquina del tiempo

Algo parece acabarse entre las luces de un invierno oscuro que no acaba de llegar. Por eso nos sorprendemos añorando a los que tanto significaron y quedaron en el pasado. Por un momento, pensamos de verdad que volverán. Aparecerán tras la puerta que oteamos con disimulo en un bar la tarde de Nochebuena, al llegar a casa poco después con la mente nublada por el alcohol y los recuerdos, en la mesa en la que hoy unos ocupan los lugares de los que otros marcharon sin poder brindar juntos con el mismo vino.

El espíritu de las Navidades pasadas se esfuma cuando oigo a Inés preguntar quién es ese abuelo de barba blanca y traje rojo del escaparate. Mientras peleo por encontrar una buena respuesta imagino que en el saco de regalos me trae una máquina del tiempo, la receta mágica para recuperar personas y momentos que volaron sin remedio.

Ropa vieja

Debo de ser una de las personas que más rápido sustituyen la ropa estival por la de invierno. Eso que algunos llaman con solemnidad ‘cambio de armario’ y supone resignarnos a que el verano se va sin remedio. La llegada del frío invita a abrir otra etapa, con menos horas de luz pero nuevas posibilidades entre cuatro paredes. Así lo vive alguien a quien inspira la oscuridad invernal; son muchos los que se sumen en el letargo hasta que marzo anuncia días más cálidos.ropa vieja

Ayer abrí una caja con prendas que han pasado conmigo varios inviernos, en algún caso más de diez. Constato de nuevo lo rápido que pasa el tiempo, y de paso mi poca afición a ir de compras. El trámite tiene un punto de emoción, como si esperase encontrar alguna sorpresa entre los viejos conocidos. A veces hallo cosas que no recordaba tener, como un pantalón comprado el año pasado en un raro día de inspiración y el jersey verde y azul de la tienda donde Inés dio su primer paso agarrada a la cortina del probador.

Un año después, mi hija me acompaña expectante y nada más abrir la tapa se apodera de una caja de zapatos en la que guardo tesoros de épocas pretéritas: anillos de plata que significaron tanto y acabaron olvidados, peniques que esperan volver a Londres un día no muy lejano, el colgante que me acompañó en un viaje y me trajo suerte… o no. Vestigios de vidas pasadas que parecen restos arqueológicos en sus manos pequeñas, recuerdos que vuelven de golpe instigados por sus preguntas.

El padre de Inés se une a nosotras y se anima a tirar a la basura un viejo pantalón. Compartimos el vicio de conservar ropa que nos ha acompañado media vida y de vez en cuando nos apoyamos en el gesto heroico de desprendernos de algún harapo. Nos viene a la memoria el pantalón de pana raído que yo llevaba cuando nos conocimos y el sofá incomodísimo de mi casa de entonces, ese que sacamos a la calle una noche lejana de vino y risas. En ambos casos, objetos casi inservibles de los que me costó lo suyo prescindir. Mucho ha llovido desde entonces y el tiempo imparable nos anuncia hoy otro invierno, momento de recuperar ropa vieja y antiguas risas para afrontar los fríos que llegan.