Obstinación

He de admitir que si dejé de fumar fue porque alguien aseguró que no sería capaz (si lees esto, que sepas que estoy eternamente agradecida). Fue una de mis decisiones más importantes y se debió únicamente a la obstinación, como si no existieran argumentos de peso para abandonar el tabaco. Esto me lleva a pensar que a veces es mejor no profundizar mucho en las motivaciones, o que las razones resultan secundarias si el fin merece la pena.

La terquedad (o cabezonería, como decimos por aquí) genera algunos frutos positivos. Otras muchas veces, el único resultado es una considerable pérdida de tiempo. Cuando la obstinación tiene nombre y apellidos la cosa suele estar abocada al desastre; casi todos escondemos alguna vivencia así en el fondo de la memoria. De nada sirven las cariñosas advertencias de personas amigas, la cruda evidencia de los hechos. En el terreno de los afectos, cuando la perseverancia se convierte en obstinación, cada fracaso nos lleva a aferrarnos más a nuestro objetivo en lugar de disuadirnos.

Una modelo de atractivo incuestionable asegura en una entrevista que la falta de amor de su expareja la hizo sentirse fea y desgraciada. Afirmaciones de este calibre me parecieron siempre tan ciertas como que el secreto de sus ‘medidas de infarto’ es beber tres litros de agua al día, o dormir cada noche doce horas. La duda aparece cuando, al día siguiente, una mujer real me dice exactamente lo mismo con otras palabras. No se llama Irina Shayk, ni falta que le hace, nunca imaginé que alguien como ella pudiera llegar a sentirse así.obstinación (2)

Los manuales dicen que la verdadera autoestima surge en nosotros mismos, no de una pareja que nos haga sentir especiales y maravillosos, y que es necesario aprender a quererse para que nos aprecien los demás. Supongo que será cierto, pero también lo es que tantas veces, obstinarnos en quien no nos ama nos lleva a niveles desconocidos de la miseria… a mí, y quizá también a Irina Shayk.

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El destino y el azar

No creo en el destino. Quiero pensar que la voluntad y el esfuerzo tienen mucho que ver en que las cosas sucedan. Pero he comprobado que a veces una conjunción extraña lo hace todo más fácil, o complica cuestiones a priori sencillas. Por eso no hay que perder la esperanza, por grave que sea la enfermedad o complicado el problema. Por la misma razón erramos cuando damos los afectos por seguros, cuando la quimera del amor para siempre relaja nuestro paso y dejamos que mueran la risa y la ilusión.

Sigo confiando en que desear las cosas de corazón nos ayuda a avanzar en su logro, pese a haber comprobado que tantas veces no basta. Quiero creer que somos un poco dueños de nuestros destinos, aun sabiendo que hay tantos factores con los que no contamos. Lo más importante de la vida se debe en apariencia al azar: quiénes son nuestros padres, los amigos de la infancia, tener o no un compañero de vida, unos hijos, hacer grandes cosas, vivir sin pena ni gloria.

Muchas veces el final feliz barre de un golpe los escollos del camino. Así nos lo venden al menos los cuentos y películas. Bien está lo que bien acaba, mereció la pena esperar. Mientras, acecha el sentimiento de impotencia, porque el amor no aparece, porque los hijos no llegan. Existen muchos motivos para sufrir, pocos tan poderosos y recurrentes.

Desde que la maternidad pasó a protagonizar mi vida he hablado con infinidad de mujeres para las que llegar hasta allí fue una carrera de obstáculos. El paso del tiempo sin resultados, primero los consejos de amigas y foros de internet, luego tratamientos que se van complicando, momentos de desesperanza, la tentación de tirar la toalla.

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A veces un día, no sabes bien cómo, las cosas se ponen de que sí. Parece como si la vida se hubiera aliado para que esa personita llegue y lo cambie todo. Sigues sin creer en el destino, pero es como si una fuerza poderosa hubiera decidido que sería él, o ella, justo este día, a esta hora. A lo mejor el deseo tuvo que ver, quizá estaba escrito desde el principio de los tiempos; en realidad, ni lo sabes ni te importa.

Amigos

En diez años veraneando en el mismo lugar, no recuerdo haber hablado en la playa con más de tres desconocidos; seguramente fueron menos. Este alarde de sociabilidad no responde a un objetivo premeditado, ni mucho menos consciente. De hecho, reparar en ello me provoca cierta inquietud, aunque supongo que no resulta tan raro… ¿o sí? Quiero pensar que son efectos colaterales de querer pasar desapercibido por la vida, aunque de vez en cuando el yo exhibicionista salga por peteneras y ventile en un blog los pensamientos más íntimos. Además de huraños, algunos humanos somos un punto incoherentes.

Tras una década sin más compañera de hamaca que la lectura (Millennium y similares, que para eso es verano) regresamos a casa sin haber pasado apenas página pero con la maleta llena de amigos. A diferencia de los libros, los niños de dos años tienen la mala costumbre de pegarse como lapas a otros humanos de tamaño similar. Su inconsciencia total les impide plantearse si su compañía es o no deseada o si invaden escenas de intimidad familiar. No le ocurre lo mismo a su adulto acompañante, a medias entre la sonrisa de circunstancias y el deseo de desaparecer.

En los últimos quince días, Inés y yo hemos repetido la escena decenas de veces.amistad Mi discutible destreza con el cubo y la pala no bastaban para retenerla en nuestro microespacio playero, con la consiguiente huida hacia aventuras más apasionantes. Poco después, decidía por su cuenta con quién quería jugar y comenzaba sin más. Así conocimos a Alba, compañera por un rato de baños y abrazos, a Jorge, que con tres años fue el mayor por un día, a Alejandra, colaboradora en el empeño de vaciar el mar con una regadera, a Pablo y sus pelotas de colores, a David, experto en aviones, a Julia, que derrochó paciencia ante los continuos destrozos de sus castillos de arena, a Marco, Neo, Lola, Paula y Marta. Con ellos y sus padres vivimos momentos tan intensos como efímeros de amistad y risas y aprendí que vale la pena conocernos, aunque sólo sea para compartir juegos en una tarde de verano.

Primeras veces

Peñis

Cuando valoramos la magia de las primeras veces suele ser demasiado tarde. La lucidez llega tras pasar sin encajar del todo por las distintas etapas como jóvenes envejecidos, treintañeros desubicados y cuarentones adolescentes. A veces, la vida es generosa y decide regalarte una segunda oportunidad.  No para enmendar los errores -ya sería demasiado- pero sí para reconciliarte de una vez con el presente, para valorar en su medida una existencia que, hasta que se demuestre lo contrario, es sólo una, y siempre demasiado breve.

Una vez más, Inés ha propiciado el cambio de visión. Seguramente su llegada coincidió con ese momento que llamamos madurez en el que las cosas cobran por fin sentido, aunque en cualquier caso lo hubiese llenado todo con sus enormes ganas de vivir. Esa pasión de las primeras veces que seguro que yo también tuve y un día me abandonó, o decidí apartar por algún motivo como algo molesto, ingrato, casi vergonzoso. El primer baño en la playa, el helado de nata que se escurre entre los dedos, los castillos de arena, las mil sorpresas del teatro de guiñol.

En este verano lleno de primeras veces, para ella y para nosotros, pienso en la ilusión perdida y hallada, en la pureza maravillosa de una vida por estrenar, en el regalo inesperado de revivir la emoción de ver el mar por vez primera.

Mientras espero que mi hija despierte un día más, ávida de nuevas emociones, deseo que no se extinga su ilusión inagotable por la vida, que nos siga enseñando a apreciar los grandes milagros de cada día: la luna y las estrellas, las olas interminables, y el sonido que prefiero a todos: su risa.