Mañana

Una de las maravillas de la infancia es la capacidad de actuar sin pensar en el mañana, ni siquiera en el luego, en el más tarde.Por alguna extraña razón, muchos adultos boicoteamos nuestra propia vida con preocupaciones casi siempre absurdas. No pisamos un charco por no resfriarnos, regresamos a casa a por el móvil olvidado por si acaso, tomamos la cuarta copa con culpabilidad anticipando la resaca de mañana, evitamos a esa mujer, a ese hombre, cuando una alarma interior nos alerta de que podríamos enamorarnos.

El mecanismo de ‘protección’ se va activando desde la infancia, de forma silenciosa, sin darnos cuenta. Pasada la mitad de la vida uno toma conciencia de que todo es efímero. Embellecidas por el tiempo, recuerda entonces noches que acababan en días, conversaciones eternas, cuando ‘mañana’ era una amenaza que sonaba ajena y siempre lejana en el tiempo, la sensación de vivir momentos únicos, emociones que antes nadie conoció. Detalles insignificantes que hacen especial nuestra existencia, que atemperan la angustia ante lo absurdo de la vida.

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Uno querría ahora saber dar marcha atrás, y no me refiero al tiempo, (que también) sino a ese mecanismo traidor que reprime los sentimientos y divide por la mitad la belleza de los días. Desprenderse del miedo ante los problemas, de la inquietud agorera que alerta de un futuro incierto cuando se prolongan las etapas de placidez. Quizá alguien lo consiga, yo hasta ahora no he sido capaz. Por eso agradezco a mi hija y al resto de niños que con ella han llegado a mi vida su lección cotidiana sobre el tiempo, conjugado siempre en presente. Sin miedo a sentir, ni a los pies mojados ni a los reveses del destino; sin mañana.

 

 

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Parecidos razonables

Un tópico bastante repetido asegura que llega un momento, a partir de cierta edad, en el que acabas pareciéndote a tu madre. Muchas lo asumen como verdadero no sin cierto miedo porque, en mi generación al menos, la madre era durante demasiados años esa señora mayor que no sabía nada de la vida, criticaba todo lo que hacías y no te comprendía. Así la veías aunque te llevara poco más de veinte años, algo por entonces bastante común.

Pero algo tiene el paso del tiempo, porque el caso es que un día la entiendes a ella, quizá por eso de empezar a pareceros. Descubres un día sus arrugas en tu cara, la misma premura para lavar los platos sucios, idéntica indiferencia o pasión por la ropa. Reparas en que ambas -ella alguna más- no habéis cambiado de peinado en décadas.

Me pregunto si Inés se parecerá a mí. Hoy por hoy parece difícil que sus rasgos puedan asemejarse en algo a los míos, no sé qué sucederá con su forma de ser. Mi infancia, la de mi madre, la de la niña que juega hoy en la arena del parque; tan diferentes, unidas sólo por la genética y el tiempo. Todo en los niños es nuevo, aunque en sus palabras y gestos asomen a veces las huellas de los que los precedieron.

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Me pregunto si quiero que Inés se parezca a mí  y respondo sin vacilar que no, que tiene derecho a su propia vida, sin lastres de un pasado ajeno y poco glorioso. El otro día sin embargo dudé de la sinceridad de mis propósitos, cuando al ponernos los zapatos para salir reparé en el sospechoso parecido de nuestras botas, sólo diferenciadas por dieciséis tallas. Pensé si no era demasiada casualidad que también coincidiéramos en el color del jersey y los pantalones.

Cuentos de hadas

Muchas veces me dijeron y siempre me resistí a creer que las niñas viven, al menos por un tiempo, una ‘etapa rosa’. No se trata de una época pictórica, sino de la acusada preferencia por este color y por todo lo que se ha entendido tradicionalmente como femenino. La cuestión me vino a la mente el sábado de carnaval mientras trataba de convencer a Inés para que se pusiera un disfraz de payaso y relegaba a un segundo plano el de ‘reina de las hadas’. Muy a mi pesar, los intentos de manipulación sirvieron de poco y un rato después salíamos a la calle con corona y vestido largo. El número de princesas esa tarde superaba con creces al de un enlace real; parece que mi hija no era la única plebeya con aspiraciones.

Mucho se habla, y con razón, de las intrincadas raíces que siguen sustentando una sociedad desigual en la que ser mujer equivale a discriminación. Las causas van de lo evidente a lo sutil: actitudes sexistas en la familia, educación segregadora, juguetes, cuentos y películas románticas. Quizá si en el cine amar no equivaliera a sufrir habría menos tolerancia al maltrato, si el juego fuese libre no perpetuaríamos roles, con menos cuentos de hadas nadie esperaría príncipes azules.

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Sueño con que mi hija viva en un mundo sin diferencias en el que las muertes por maltrato sean un estigma del pasado. Soy consciente de mi responsabilidad porque en la infancia cada detalle importa, sienta las bases del adulto que reproducirá viejos roles o luchará por mejorar las cosas. ¿Puede la desigualdad comenzar en un disfraz de princesa? Seguramente sí: los cuentos de hadas marcaron a fuego a mi generación y las siguientes. Pero Inés no conoce a Blancanieves, ni sabe que la Bella Durmiente esperó durante cien años; me pregunto qué ve en ese vestido lleno de volantes y brillos. Quizá le atraiga sólo porque es lo opuesto a su vida real, porque una prenda o un color no significan nada hasta que la experiencia los va llenando de connotaciones. Y ahí está nuestro reto: cambiar la historia y eliminar los modelos que tanto daño hicieron, educar mujeres fuertes que serán lo que quieran, princesas o plebeyas, pero siempre libres.

 

Tallos verdes

Que las recias encinas fueron una vez frágiles tallos puede parecer increíble, casi tanto como que las arrugas de un centenario se fueron dibujando sobre la cara de un niño. Ayer nos encomendaron una pequeña carrasca -como llamamos a las encinas por aquí- para que crezca con Inés y ambas se hagan frondosas y fuertes. En ambos casos pondremos todo nuestro empeño, aunque ya nos advirtieron de que las carrascas no atienden mucho a razones. Pueden prosperar en terrenos duros, pero también languidecer en suelos favorables con los mejores cuidados: Han de encajar en el lugar, ya sea jardín soleado o ladera pedregosa. Como con las personas, a veces el éxito tiene que ver con factores que escapan al control del hortelano más esforzado.

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Durante un tiempo preservaremos a nuestra ‘carrasqueta’ de climas hostiles, agresiones externas y vientos fuertes. Su tronco será tierno aún cuando deje nuestra casa para vivir en campo abierto. Elegiremos un buen lugar, la cuidaremos y visitaremos con frecuencia, pero quizá todo esto no sea suficiente y un día sucumba a la sequía, los animales del campo, la acción del hombre, quién sabe qué.

En el mejor de los casos, su sombra cobijará a seres de un mañana que sólo Inés verá. Las encinas crecen más despacio que los humanos;  son, más que ellos, una inversión de futuro. También un vínculo con el pasado, con las generaciones anteriores, con mi padre y sus grandes enseñanzas nacidas siempre de la tierra. Solía decir que es fácil enderezar un árbol mientras es joven, pero cuando se endurece poco se puede hacer. Las palabras de los que amamos y ya no están adquieren pleno significado con el paso de un tiempo que no sabe de pasado y futuro y es sólo un continuo en el que todo se confunde: tallos verdes y recios, la lucha por llevar a buen puerto una nueva vida y el lento y seguro crecer de las carrascas.

 

 

Socializar

El mundo se divide en dos tipos de personas: los que se mueven bien entre la muchedumbre y los que se pierden en las multitudes. La pertenencia a uno u otro grupo puede fluctuar con la edad, el ánimo o las circunstancias, pero al final uno se acaba percatando de que casualmente siempre le surgen impedimentos cuando se trata de citas con más de cuatro personas. Al final, resulta que somos muchos los que nos bloqueamos al sentirnos rodeados por demasiados cuerpos, cuando las voces llegan por varios flancos y la conversación se disuelve en una amalgama indescifrable.

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Quizá de allí viene mi inquietud cuando se insiste en la necesidad de los niños de socializar desde edades tempranas, en lo bueno que es para ellos ir a la guardería, asistir a la escuela. Vuelvo a sentir en mi espalda infantil el empujón de un adulto hacia el lugar en el que otros niños jugaban. Ignoraban seguramente que un gesto tan bienintencionado como expeditivo causaría efectos contrarios a los deseados. En carne propia aprendí que ante la timidez extrema lo mejor es la calma y evitar la presión; con cariño y un poco de tiempo, todos acabamos encontrando el camino.

Hoy por hoy mi hija ofrece la versión contraria a mis primeros recuerdos y para ella socializar resulta fácil y natural. Por eso nuestro círculo de conocidos se amplía cada día con papás y niños, abuelas, perros de cualquier raza y tamaño y sus correspondientes amos. Sin saberlo, Inés me enseña a mirar al mundo con confianza, me demuestra que todo es más fácil si andas por la vida sin miedos, que los perros y los humanos no suelen morder cuando se les aborda con la mirada limpia y una sonrisa.

Pero uno no deja de ser como es, por eso me encantan las tardes de los domingos, cuando el parque cercano se queda desierto y nosotras salimos a pasear. Por un rato nos pertenecen los árboles, los caminos y piedras, el rumor de los pájaros y el estanque de los patos. Algo así debe de ser la felicidad: jugar a perdernos entre los setos oscuros mientras el tiempo pasa lento y el silencio hace más claros su voz y mis pensamientos.