Magia

Quizá la sinceridad sea una virtud sobrevalorada, una medicina tan potente que debería administrarse con precaución y en pequeñas dosis. También conviene dosificar la mentira: la edad te hace precavido con los que dicen lo que creen que quieres oír. Los políticos deberían tenerlo en cuenta en tiempo de campaña; quizá los votantes no sean ingenuos y recelen ante tantas promesas imposibles… o quizá no, cada uno opinará sobre el resultado electoral.

Las elecciones comparten protagonismo estos días con la Navidad. Aparte de la coincidencia temporal son temas que a priori no tienen en común casi nada, aparte de que ambos implican elevadas dosis de mentira. Desde confiar (en serio) en salir de pobres con el Gordo hasta creer en declaraciones de afecto que llegan con nocturnidad y cuatro copas, hay miles de motivos para amar y odiar la Navidad, según como andemos de ánimos y credulidad.

Entre todas las falsedades, los Reyes Magos ocupan un capítulo aparte. Seguramente la duda asalta a muchos padres en el afán de no mentir sin necesidad: ¿Es lícito engañar a los niños con la existencia de seres imaginarios? ¿Realmente es necesario todo lo que implican? ¿Responden a la ilusión de los hijos o de los padres?

magia

Personalmente he decidido alistarme en el bando de los embusteros. En nuestra casa entrarán Melchor, Gaspar y Baltasar, el ratoncito Pérez y hasta Papá Noel si no hay más opción. Tampoco perderemos ocasión para la magia cotidiana, creer que lograremos que salga el sol y se disipe la niebla si lo deseamos de verdad, que los semáforos cambian de color cuando mamá sopla fuerte.

Deseo que Inés viva la ilusión, imagine imposibles y luche por alcanzarlos. Casi nada lo es, y si no que se lo pregunten a los que las urnas han encumbrado a lugares que ni en sus mejores sueños osaron alcanzar.

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Corazón y cabeza

Uno de los lamentos más frecuentes de los padres recientes es que nadie avisa de ciertas dificultades que conlleva esta condición. Señalar a los culpables resulta difícil; que levante la mano el que debía haber advertido a los incautos. También habría que preguntarse cuántos aspirantes hubiesen desistido al ser informados al detalle sobre las contrapartidas de traer al mundo a un nuevo habitante. Seguramente pocos: ser padre, ser madre, es una decisión que se toma más con el corazón que con la cabeza. Casi nunca es, ni será, buen momento. Capítulo aparte es la opción de aplazarlo para mañana, para el año próximo, tal vez para siempre.

Difícil parece saber si alguien cambiaría de opinión de haber sentido de antemano los efectos de meses, a veces años, de sueño intermitente, el reto diario de conseguir que coma, que respete a sus compañeros de juegos, que sea un niño responsable, que ponga interés en los estudios… y tantas cosas que sería largo mencionar y otras muchas que ignoro.corazon y cabeza

Pueden hacerse cuesta arriba la falta de descanso, el fin de la libertad y la improvisación, del ‘aquí te pillo, aquí te mato’ en todos los sentidos. Menos se nos previene del precio emocional, si puede llamarse así al reencuentro, quieras o no, con tu yo más íntimo, con heridas que creíste superadas y regresan del modo menos pensado. A veces conviene echar más cabeza y menos corazón y asumir sin dramas los arrebatos infantiles, las primeras rabietas, la búsqueda inconsciente de límites.

Pero acompañar a un hijo en su crecimiento nos remueve y despierta al niño que fuimos. Vuelve el crío que lloraba por las noches cuando sus amigos le dieron de lado, el que sufrió acoso o burlas por no ser como los demás, el que fue tachado de ‘malo’ porque un día pegó a un compañero. Es entonces cuando hay que echarle cabeza para que el niño de ayer no ahogue al de hoy, para que no le impida ser él mismo y hallar su lugar en el mundo.

La máquina del tiempo

Será espíritu navideño, pero en los últimos años desearía por estas fechas poner en marcha la máquina del tiempo. Llega diciembre con sensación de que algo se acaba, quizá por eso es tiempo de memorias, de extrañar a los que estuvieron cerca un día y se alejaron, o fuimos nosotros los que marchamos. Reparamos en que pasó casi un año desde el último mensaje, en que todavía sigue pendiente ese café, aquello que quería decirte y no recuerdo, presentarte a mi niña, conocer a tu hijo.

Por unos días creemos en serio que lo haremos. Volveremos a quedar en aquel bar de Malasaña, beberemos cerveza escuchando a los Pretenders y planearemos recorrer Colombia en autobús. Añoraremos las risas y los sueños de entonces, olvidaremos que pasaron dos décadas, jugaremos a ser por un rato dueños de nuestra vida. Buscaremos el cálido refugio de tiempos pasados, cuando las noches eran largas y el mañana siempre quedaba demasiado lejos.máquina del tiempo

Algo parece acabarse entre las luces de un invierno oscuro que no acaba de llegar. Por eso nos sorprendemos añorando a los que tanto significaron y quedaron en el pasado. Por un momento, pensamos de verdad que volverán. Aparecerán tras la puerta que oteamos con disimulo en un bar la tarde de Nochebuena, al llegar a casa poco después con la mente nublada por el alcohol y los recuerdos, en la mesa en la que hoy unos ocupan los lugares de los que otros marcharon sin poder brindar juntos con el mismo vino.

El espíritu de las Navidades pasadas se esfuma cuando oigo a Inés preguntar quién es ese abuelo de barba blanca y traje rojo del escaparate. Mientras peleo por encontrar una buena respuesta imagino que en el saco de regalos me trae una máquina del tiempo, la receta mágica para recuperar personas y momentos que volaron sin remedio.