Empujar el carro

Si hay algo que me desarma es ver a un abuelo jugando con su nieto. Ya sé que ahora los abuelos son esos seres explotados, o directamente esclavizados, que sacan fuerzas de flaqueza para suplir a unos padres encadenados a jornadas laborales interminables. Como últimamente vivo en un mundo paralelo, elijo la imagen idílica en la que ambos protagonistas son felices. Creo además que ambos extremos se atraen, y sé que no descubro nada pero me gusta decirlo, y sobre todo verlo.

Soy feliz cuando Inés lo da todo con su abuelo Antonio, que con ella se olvida de que las piernas le fallan y su corazón necesita un arreglo con urgencia. Me emocioné cuando, por primera vez en ocho meses, oí a mi madre reír a carcajadas al verla bailar por primera vez. Desde entonces, la cría se arranca sin dudar cuando oye cualquier cosa que le suene a música. Quiero que los cuatro, también mi padre aunque ya no esté, dejen una huella importante en su vida; también deseo que Inés aligere sus dolores, la falta de fuerzas, la certeza de que el fin está, ahora sí, demasiado cerca.

Hoy al volver a casa nos hemos encontrado con María, una compañera de trabajo que cuida de sus padres: él enfermo de alzhéimer, ella en silla de ruedas por una lesión de columna. A veces nos cruzamos, empujando nuestros respectivos carros, y nos saludamos. Hoy hemos parado un momento y hemos hablado del tiempo, de este verano raro que parece no acabar. Tras unos minutos de reconocimiento, Inés les ha señalado con el dedo, ha cogido sus manos, ha jugado con el sombrero del padre, que luego se lo ha puesto del revés ganándose una bronca cariñosa. He deseado que este rato haya hecho su mañana un poco más feliz, y sobre todo que María tenga fuerzas para seguir empujando el carro, ahora que la vida parece ponerla al límite de sus fuerzas.

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Consecuencias

Hubo un tiempo en el que cuando llegaba un niño a casa el buzón se llenaba de muestras de pañales, leche de fórmula y tarjetas de suscripción de revistas sobre crianza. El misterioso fenómeno también acontecía cuando una pareja se casaba, con ofertas de viajes o muebles. Confieso que siempre me fascinó la capacidad de las empresas para enterarse de acontecimientos tan íntimos, aun sabiendo que el modo de conocimiento era de todo menos mágico.

Hoy sucede lo mismo con Internet. Hace unas semanas me interesé sobre cierto tipo de pañales cuya publicidad parece perseguirme desde entonces. Supongo que lo mismo ocurriría si la consulta hubiese tratado sobre viajes o artículos eróticos. Recuerdo una época en la que al mirar en la pantalla de una compañera de trabajo aparecían con sospechosa frecuencia anuncios de webs de contactos para solteros; nunca le comenté nada al respecto, pero me mordí la lengua más de una vez al oirla criticar a los que buscaban pareja chateando.

Trivialidades como éstas constatan que todos los actos tienen consecuencias. Pero ¿qué sucede con lo que no hacemos, o no nos dejan hacer? Una persona a la que aprecio me dijo hace unos días que agradecía a un compañero de trabajo que le hizo la vida imposible haberla empujado a solicitar un cambio de sección. Además de perderlo de vista, ahora su jornada es más cómoda y su vida más feliz. Recuerdo que hace unos años me comentó también que agradecía a la actual novia de su ex que lo apartara de una vez de su vida. Entonces y ahora me pareció una sabia manera de encarar la vida, buscando sólo lo positivo y sin rencores.

Pienso en ello mientras curioseo en Facebook, y atrapa mi atención una de esas frases lapidarias que sentencian sobre todo. Dice que ‘a veces no conseguir lo que quieres es un sorprendente golpe de suerte’. Se la atribuyen al Dalai Lama, pero me consta que mentes menos privilegiadas han llegado a conclusiones parecidas. Más que la frase en sí, me maravilla que viene al pelo para la situación. Llamémoslo casualidad, o guiño de un futuro cercano en el que Internet ofrecerá respuesta hasta a nuestros pensamientos.

 

Loreto

Cada día salimos a pasear con Inés, una o dos veces. Ella lo pasa bien, o al menos eso me parece cuando la veo señalar todo y a todos mientras parlotea y chilla cosas que confieso no entender. Pienso también que soy yo la que más disfruta de esos ratos, en los que por momentos me olvido de todo, incluso de ella, y rumio ideas que tampoco entiendo en la nebulosa de mi cabeza.

A veces encontramos a gente. Es una de las cosas que más me gustan, ahora que puedo detenerme un rato y escuchar sin la presión de tener que abreviar porque algo urgente apremia. Hoy nos hemos cruzado con Loreto pero no hemos parado, más que nada porque ella no sabe quién soy. Yo sí la conozco, aunque lo que quiero decir es que ella y su familia son mi inspiración, una verdad con mayúsculas frente a las frases vacías de Internet sobre lucha y superación que tantos comparten.

Loreto tiene Síndrome de Down y debe de andar por los veinte años. Sé que estudia, que le gusta bailar y que comparte piso con otros jóvenes. También que no descuida los mensajes del móvil, o al menos esta tarde prestaba mucha atención a la pantalla. Parecía ir camino de casa con otra chica de su edad, y al verla me he acordado de su padre y de una conversación que tuvimos hace más de quince años.

Aquel día me dijo que iba a luchar por que Loreto, cuando tuviera veinte años, estudiara, bailara, entrara y saliera. Que disfrutara de una vida independiente, como cualquier joven. Pensé que era un iluso. Años después supe de sus primeras aventuras en el piso de estudiantes y me alegré como nunca de haberme equivocado, de pecar, una vez más, de estrechez de miras. Desde entonces Loreto, su padre y el resto de la familia son mi inspiración en los muchos momentos en los que el mundo me viene grande. Ellos no lo saben, nunca me he atrevido a decírselo y me gustaría.

La verdad sobre perros y gatos

Dice una buena amiga con gran autoridad que perros no paren gatos. Me gusta el refrán, por una vez corto y contundente, pero discrepo cuando sorprendo al pequeño Bruno mirando con asco el plato de ensalada. La misma suspicacia me provoca saber que tanto él como su hermano Nicolás sienten una pasión innata por su pueblo y por la Selección Española de fútbol. Igualito que su madre, qué casualidad.

Pienso sobre esto y reparo en que Inés pronuncia, con poco más de un año, gran cantidad de sonidos. Como todo es relativo, no sabría decir si más o menos que otros niños de su edad, pero sospecho, llamémoslo intuición materna, que anda por encima de la media.

Como no todo es perfecto, y menos mal, constato que aunque se mueve a toda velocidad a cuatro patas, parece todavía lejano el pequeño y poderoso paso que la convertirá en un ser bípedo. La misma intución anterior concluye, en voz baja esta vez, que hay humanos bastante más hábiles a la hora de andar.

Curiosamente, o no, conmigo sucedió algo parecido. Mi madre, cuya memoria falla en otras cosas, reconoce sin dudar que no anduve hasta los catorce meses, pero siempre apostilla, supongo que por compensar, que a los dos años era capaz de hablar con total corrección. Inés parece llevar el mismo paso, nunca mejor dicho, y me pregunto si se debe al poder de los genes o a que, juro que sin querer, potencio en ella sólo lo que a mí me interesa, esas habilidades en las que yo me siento cómoda.

Prometo reflexionar sobre la influencia que se ejerce sin querer y no se ve, pero se nota, y perpetúa las estirpes de perros y gatos sin limar sus defectos, más bien al contrario. También me propongo no volver a comparar. Hacerlo es odioso, especialmente entre amantes o niños, pero que tire la primera piedra quien no ha caído en el pecado, aunque sea sin hablar. Casi siempre, y otra vez menos mal, resulta imposible asegurar que uno es mejor que otro en términos absolutos. Todos tienen su magia, algo que los hace únicos y maravillosos. Y aquí  hablo solo de los niños; lo de los amantes es otra historia.

Aires nuevos

La vida te da y te quita, a veces al mismo tiempo. Por eso para Inés las visitas al cementerio son habituales. Allí recordamos al abuelo José María, aunque los que lo conocieron nunca asociarían su carácter recio y casi salvaje con el nicho en el que están recogidos sus restos. El tiempo y la enfermedad doblegan los cuerpos y los caracteres más fuertes y los encierran en espacios cada vez más pequeños, pero el deseo de libertad es lo último que muere. Al menos así le ocurrió al abuelo, que poco antes de sucumbir soñaba con volar como una calandria mientras se tragaba las pastillas con una mezcla de desprecio y resignación.

Por eso, porque lo conocimos bien, nos resulta difícil creer que mi padre se haya resignado, aun muerto, a permanecer en un cubículo claustrofóbico y rodeado de vecinos en su mayoría extraños. Sin embargo, mantenemos la convención de plantarnos ante su lápida, leer su nombre todavía con incredulidad y evitar que se acumulen polvo y telarañas. Es lo único que ya podemos hacer por él, aparte de conservar viva su memoria.

Si alguien desde dentro pudiera vernos allí plantadas en una suerte de time lapse apreciaría a cuatro mujeres en distinto momento vital unidas por el vínculo familiar y el destino final. En ocho meses los cambios de la fisonomía humana no suelen ser muy apreciables, excepto para Inés, que ha pasado de ser un bebé ajeno al mundo a un proyecto de niña que despierta por momentos. Odio establecer paralelismos, o divergencias, entre mi padre y mi hija, pero a ratos no puedo evitarlo. Cuando veo su pequeña mano tocar el mármol como si quisiera acariciar al abuelo ausente, pienso una vez más que ambos están unidos por esa corriente vital que un día nos barrerá a todos para dar paso a aires nuevos. Deseo creer que él nos siente desde algún lugar liberado para siempre de la cárcel del dolor y de la carne.

Veinte años

Hacía quince años que no nos veíamos, y veinte que no nos hablábamos. Nos separó una de esas traiciones imperdonables que con el paso del tiempo se degradan hasta la categoría de vivencias triviales. Me vienen a la mente la cara y el nombre y apellidos del causante de la afrenta, aunque dudo que a día de hoy él recuerde los nuestros.

Hemos coincidido en la calle, las dos con nuestras madres e hijas, y han parado para conocer a Inés. Su niña va a cumplir cuatro años y es una versión perfeccionada de Ana, que a los cuarenta y cinco conserva el aspecto adolescente.

Su madre comenta que desconocía que me había casado y le sonrío al contestar que no lo he hecho. Le cae una reprimenda por asociar niños y matrimonio que atempera con elogios a los ojos azules de la niña, seguro que heredados de su papá. Omito que el susodicho los tiene marrones para no agravar su sofoco y pienso que mi nena también es una copia perfeccionada, tanto que ni siquiera guarda parecido con el original.

Coincidimos Ana y yo en lo mucho que un hijo te cambia la vida. Queda claro que para bien, aunque ninguna de las dos lo dice. Sobran las palabras. Ambas sabemos que cuando llega un hijo pasados los cuarenta casi siempre es un regalo de la vida precioso y casi inesperado.

Al despedirse dice que se alegra mucho y sé que lo siente de verdad. Cuando nos vamos reparo en el poder de los niños para tender puentes entre distancias insalvables; personas que de otro modo jamás se hubiesen conocido o que agotarían sus vidas sin haber vuelto a hablar. Quizá por eso dicen que te hacen más bueno, cuando en realidad son ellos solos los que derriban las barreras de los prejuicios y el rencor.

 

Desaparecer

Ya no puedo decir que nunca lo he pensado.

La noche pasada fui de los que, por un momento, sólo por un segundo, o dos, han deseado tirar a sus hijos por la ventana.

Inés ha dormido estupendamente desde que nació. Esta afirmación no se apoya en datos objetivos, no he sufrido noches en compañía de más hijos que ella, pero supongo que así será, cuando en más de un año no tuve ni un mal pensamiento hacia ella.

Y eso que no soy paciente, o no lo era. Creo que la maternidad, más que sentimientos generosos y altruistas, lo que desarrolla sin límites es la capacidad de aguante, y siempre se puede llegar un poco más lejos. Anoche Inés no podía dormir, o quizá dormía a medias. Hemos probado sin resultado posturas, movimientos, canciones y estrategias. Al final, no sé a qué hora, hemos caído las dos por agotamiento.

Los nervios me han superado, su padre ha amenazadado por primera vez con irse a dormir ‘nosedónde’; me he enfadado; he deseado, yo también, desaparecer en ese lugar impreciso y salvador.

Ya de día, me he arrepentido de mis malos pensamientos, he prometido ser más paciente, he creído de verdad que tengo muchísima suerte y que existen miles de casos durísmos de noches en vela y días de sueño. Lo gracioso es que, por difícil que sea la cosa, hay que estar agradecido a la vida porque siempre podría ser peor. Al menos hasta la próxima noche.