Mars One

Escucho por la radio a un astrofísico preseleccionado para viajar a Marte en una misión denominada Mars One. Me fascina la atracción que en muchos humanos ejercen los secretos del Universo, pero más aún que aquí la pugna es por un viaje sólo de ida. El aspirante lo compara con mudarse a Australia: quizá vuelvas, quizá no, sólo que en este caso sin lugar para la duda.

Puede que el excesivo apego a la vida sea de mediocres. Al menos supone una rémora para afrontar grandes aventuras. Subir a las montañas más altas, descender a las simas más profundas, retos como lanzarse al vacío miles de metros no son para cualquiera. El sueño de viajar a otros planetas, vivir en Marte, se le puede atribuir a toda la Humanidad, pero no todos querrían vivirlo en primera persona. Los cobardes como yo tendemos a pensar que pocos se pondrían en la fila. Quizá así tratamos de esconder nuestra mediocridad, o es que somos simplemente felices en nuestro pequeño Universo.

Recuerdo un tiempo en el que miraba al cielo y soñaba con otras vidas, mundos lejanos que siempre me parecían menos fríos. Quizá cambié de opinión, el caso es que un día dejé de buscar. No recuerdo el momento en el que deseché la idea de que el jardín del vecino siempre es más verde, pero seguro que supuso un pequeño hito en una existencia confusa.

El Universo se encierra en la imagen de una niña de un año subiendo las escaleras. Una historia de aprendizaje con final desconocido, siempre hacia arriba. Creo que por el momento seguiré sin desear ir a Marte. Quizá sea cobarde, a lo mejor soy simplemente feliz.Mars One

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Corrientes

Están las personas a las que les gusta que les rasquen la espalda y las que no. Detalles así de triviales denotan un modo de entender la vida nada sofisticado, primitivo incluso. Para los que disfrutan con estas cosas la felicidad tiene poco que ver con lo espiritual, o sí, según se mire.

Desconozco todavía a qué bando pertenece Inés, aunque mis tentativas para dormirla con este método resultaron ayer infructuosas. Por intentarlo que no quede; la cuestión es si en esto, como en otras cosas, la afición nace o se hace. Ando reflexionando sobre la huella que imprimen las cosas que suceden en la infancia, por eso camino con pies de plomo, para no dejar mucho barro en el camino de la aprendiz que me ha sido encomendada. Sueño con que sea libre, valiente y leal, una buena persona, a ser posible feliz. Ambiciosas aspiraciones que tropiezan cada día con nuestras torpezas, prejuicios y miedos transmitidos sin querer pero sin remedio.

A mi pesar, nuestra realidad anda lejos de grandes ideales, pero me consuela creer que no son tan necesarios. En situaciones extremas lo esencial se revela en lo más sencillo, sensaciones de una infancia nunca perdida que vuelven para aliviar los momentos más duros: la mano que te rasca la espalda, el olor de las flores de almendro. La enferma de ébola que sobrevive de milagro sólo anhelaba en su delirio el agua de los manantiales de su pueblo. Oír sus palabras en la televisión me trae el doloroso recuerdo de mi padre, que en sus últimos días soñaba también con volver a beber de un pozo al que ya no pudo llevarnos. Dos corrientes con un mismo origen: la niñez como escudo frente a la amenaza de la muerte.

 

 

Rasgos atávicos

Ya he contado aquí que Inés tiene los ojos azules. El detalle carece de interés, pero es lo que más sorprende a los que la ven, que suelen terminar pidiendo explicaciones. En la familia más cercana predomina el marrón en sus distintas tonalidades y hay que remontarse a los bisabuelos de la criatura para hallar precedentes. No conocí al abuelo Dionisio, del que apenas sé nada aparte de que tenía ojos claros y fuerte carácter. Esto último parece haberlo heredado gran parte de sus hijos; el color de sus ojos, hasta ahora, solamente su tercer vástago, casualmente llamado como él y un año mayor que mi padre.

En la familia paterna sucede algo parecido. También el bisabuelo Antonio tenía unos ojos azules clarísimos que apenas han aparecido en las generaciones posteriores. Desconozco si tenía buen carácter, si fue feliz en su vida. Todo eso pertenece a un pasado casi imposible de recuperar.

No es raro que caracteres físicos de una persona reaparezcan varias generaciones después. Los llaman rasgos atávicos, y además de cómo suena la palabra me gusta la idea de que contengamos sin saberlo la esencia de personas que tuvieron su tiempo en el mundo, vidas más o menos felices con sus errores y aciertos. No llegaremos a conocer la mayoría de sus avatares, y en algunos casos será mejor así.

Me pregunto si, igual que de vez en cuando reaparecen por sorpresa los ojos del bisabuelo, regresan de algún modo las acciones de nuestros antepasados. Si nuestras vidas y lo que sucede con ellas son resultado de existencias anteriores igual que nuestra cara resume de forma más o menos acertada la de los que nos precedieron.

Veo en el informativo que ha reaparecido parte de un retablo del siglo XV procedente del pueblo de mi madre. Durante casi ochenta años se creyó que fue quemado por los anarquistas. Me asalta un extraño alivio: mi abuelo materno fue uno de esos anarquistas a los que se atribuyeron este y otros delitos mucho más graves. El tiempo demuestra ahora que el retablo no fue pasto de las llamas en 1936. Me gustaría creer que tampoco ocurrieron otras cosas que algunos todavía recuerdan. Nunca podré preguntarle al abuelo Santiago si tuvo algo que ver en que esa obra de arte sobreviviera para que hoy la contemplen los ojos azules de su bisnieta.